23 julio, 2020

El mecenazgo vallenato

Cuando comencé a escribir esta crónica nunca dejé de pensar en el papel tan importante que jugaron nuestros juglares y hacedores musicales, al generar y expresar sus sentimientos a través de uno de los instrumentos más hermosos inventados por el hombre: el acordeón.

Consuelo Araújo Noguera, Alfonso López Michelsen y Rafael Escalona Martínez, los quijotes del Festival Vallenato.

Foto: Cortesía.

Cuando comencé a escribir esta crónica nunca dejé de pensar en el papel tan importante que jugaron nuestros juglares y hacedores musicales, al generar y expresar sus sentimientos a través de uno de los instrumentos más hermosos inventados por el hombre: el acordeón. Son ellos, los personajes principales, los dueños del balón los que abrieron la trocha para llegar al lugar donde estamos ahora, los que generaron expresiones de admiración y aprecio de todos, aquellos que se meten en su piel y escudriñan con avidez el sentimiento de esta gente maravillosa.

No podemos tampoco desconocer o echar en saco roto el inmenso valor de los gestores culturales, los medios en general y de muchísima gente que puso y sigue poniendo un granito de arena para construir esta inmensa e interminable obra que hoy amamos y llevamos y defendemos con mucho orgullo: la música tradicional vallenata.

Me voy a referir en esta crónica a familias vallenatas que ejercieron un mecenazgo siendo claves para la conservación, preservación y difusión de nuestra cultura, que gastaron tiempo y riqueza con el único afán altruista de verlos crecer y hacer que el mundo conociera esta importantísima manifestación cultural de la región continental del Caribe colombiano en todo su esplendor sin presunción alguna, la Antigua Provincia del Magdalena Grande y su centro principal por naturaleza, la hidalga ciudad de Valledupar.

Personajes del país vallenato que hicieron grande el folclor que representa a Colombia ante el mundo.

“LA FAMILIA LÓPEZ”

Sin duda alguna que la familia López Pumarejo, en cabeza de Alfonso López Michelsen, constituyó un fuerte eslabón para posicionar la música tradicional vallenata en los altos círculos de la sociedad bogotana, y que coadyuvaron a imponer esa expresión folclórica musical en el interior del país. Su abuela, la vallenata Rosario Pumarejo de López, fue el cordón umbilical que generó los afectos para que su hijo Alfonso López Pumarejo, emprendiera como presidente de Colombia, grandes obras de infraestructura física para su desarrollo político económico y social y sacarnos del ostracismo en que mantenían la provincia.

Rosario Pumarejo Cotes, nacida en Valledupar en 1867, hija de Sinforoso Pumarejo Quiroz y Josefa Cotes Oñate, quien contrae matrimonio con Pedro Aquilino López Medina en 1882 y de cuya unión procrean ocho vástagos: María, Alfonso, Sofía, Paulina, Eduardo, Pedro Nel, Rosario y Miguel Pumarejo Cotes.

Alfonso López Pumarejo nace en Honda en 1886 el 31 de enero. En 1911 contrae nupcias con María Michelsen Lombana, padres de Alfonso López Michelsen quien llega al mundo el 30 de junio de 1913 en la ciudad de Bogotá.

Alfonso López Pumarejo, es elegido presidente de Colombia en 1934-1938 en su primer mandato, y obsesionado por conocer el lugar donde había nacido su madre, le pide a su primo Alberto Pumarejo en uno de sus viajes a Barranquilla para que lo trasportara en un hidroavión de un amigo de este hasta Riohacha, acuatizando cerca a la playa y lo recogieran en un cayuco su amigo personal el cacique wayuú Luis Cotes, facilitándole además, dos automóviles Packard comprados en Maracaibo para que se trasladara desde Riohacha hasta Valledupar por la vía Badillo cruzando el arroyito, vía trazada por el ingeniero Daniel Hernández Wilches en 1923.

El presidente, es recibido por el doctor Ciro Pupo Martínez y un grupo de amigos quienes le ofrecen una recepción y pernocta en su casa. Al otro día, el presidente López, visita la casa de las hermanas Rosa y Magdalena Castro Monsalvo en la Plaza Mayor, llevando un ramo de flores de trinitarias que deja en la habitación donde naciera su madre Rosario Pumarejo de López. Antes de su regreso les anuncia a los vallenatos la construcción de grandes proyectos para Valledupar: El Colegio Nacional Loperena, la Escuela Nacional de Artes y Oficios, la Granja Ganadera, el Aeródromo, la planta hidroeléctrica, el servicio de correos aéreos, la oficina de Crédito Agrario y el Hospital Rosario Pumarejo de López.

En su segundo mandato (1942-1945), el presidente López regresa a Valledupar en el avión presidencial y en un aterrizaje forzoso a las cinco y media de la tarde se sale de la pista y colisiona contra un grupo de árboles en la cabecera norte, saliendo ilesos los 13 indígenas wayuú y Pedro Castro Monsalvo, quienes venían acompañándolo desde el batallón de Buenavista en el sur de la Guajira. López, pernocta en casa de Oscarito Pupo donde sus amigos le hacen una parranda vallenata y regresa a Bogotá.

El avión presidencial es arreglado por los mecánicos alemanes de la compañía de aviación Scadta con sede en Barranquilla. Lo curioso de este evento es que los aldeanos se sorprendieron al ver a los mecánicos alemanes se nutrían con verduras como la lechuga y el tomate que en la región no hacían parte de su alimentación.

Su hijo, Alfonso López Michelsen se vincula a la provincia en 1944 aproximadamente, avivado por su padre como poseedor de unos títulos de tierra heredados de su abuela Rosario Pumarejo Cotes. López hace incursiones esporádicas de cacería con sus primos de Barranquilla a la región en el año 1936 por la vía de Fundación, esa noche duerme en el hotel Wellcome de don Víctor Cohen Salazar en la Plaza Mayor y arman la jarana con Hernando Molina, Oscar y Edgardo Pupo, Hospicio López, Rigoberto Benavidez, Luis Carlos Pimienta y Claudio Quintero.

Estas parrandas vallenatas inspiraron al expresidente López Michelsen a llevar nuestro folclor a la ciudad de Bogotá.

Años más tarde se radica en la zona del Diluvio, donde siembra arroz en compañía de su amigo Hernando “El Mono” Vergara. Poco después trae de Bogotá al ingeniero agrónomo de origen español Fernando Irusta y su otro socio de apellido Fortul, con quienes aumenta el número de hectáreas de arroz explotadas técnicamente. López, frecuenta a Valledupar donde viene a comprar insumos agropecuarios en el almacén “La Nueva Paciencia” de don Oscarito Pupo Martínez, casa donde se queda esporádicamente cuando llega a la ciudad.

La vivienda del ingeniero civil Eduardo Delgado Barreneche, estancia temporal del agrónomo Irusta, un virtuoso guitarrista y la casona de Oscarito Pupo eran lugares frecuentados por los parranderos de ese entonces, donde López consolida amistad con Ciro Pupo Martínez, Pedro, José María y Juancho Castro Monsalvo, Hernando Molina, Rafael Escalona, Clemente, Claudio y Efraín Quintero, Luis Alonso Baquero, Luis Carlos y Alfonso Pimienta, Aníbal Martínez, Guillermo Baute entre otros, relaciones que hacen que López conozca más a fondo las costumbres de la provincia donde los acordeoneros Emiliano Zuleta, Lorenzo Morales, Juan Muñoz, Chico Bolaños, Fermín Pitre, Toño Salas, Rafael Ramón Maestre, Alberto Pertuz, Chiche Guerra y Efraín Hernández, se convirtieron en músicos de cabecera para sus inmancables noches de bohemia.

Eran frecuentes los viajes en compañía de Claudio Quintero en su campero por los pueblos del Antiguo Magdalena, la Alta Guajira y Maracaibo donde dejan grandes amigos. Este periplo le serviría para que fuera incrementando sus afectos por la vida provinciana especialmente en la música tradicional vallenata, convirtiéndose en un estudioso, difusor y defensor de nuestras expresiones culturales como ningún otro.

Sus amigos cachacos y costeños como Miguel Santamaría Dávila, Pacho Herrera, Alejandro y Jaime Gutiérrez de Piñeres, Hernando Santos, Álvaro Escallón Villa, Fabio Lozano Simonelli, Abdón Espinosa Valderrama, Iván Duque Escobar, Álvaro Castaño Castillo, Gloria Valencia, Hernando Santos Castillo, Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón, Delia y Manuel Zapata, de la clase económica y cultural del país, fomentaron y vinieron a la provincia por Alfonso López Michelsen, apropiándose de nuestra cultura provinciana dándole un “Status” diferente.

Las parrandas de López en el edificio “Antares” en el sector de la plaza de toros de la Santamaría, se volvieron frecuentes y famosas, donde se reunía lo más granado de la política de la capital y algunos amigos vallenatos. Acordeoneros como Fermín Pitre, Carlos Noriega y Nicolás “Colacho” Mendoza, al final de este periplo de jolgorios inolvidables, entregaban las notas musicales y composiciones más ortodoxas de la música vallenata tradicional, siendo el maestro Rafael Escalona el compositor por excelencia de este grupo de amigos. Entre los años 50 y 80 del siglo pasado. La ‘Casa López’ fue sin duda el centro de atención de la clase política, económica y social del país que giraban alrededor del liderazgo que ejercía en su momento Alfonso López Michelsen.

Esta gestión cultural ejercida por López y sus amigos logró que la música tradicional Vallenata en 1952 por ejemplo, llegara a la HJCK “El mundo en Bogotá” y Gloria Valencia le hiciera una entrevista, donde Escalona se explaya hablando de sus creaciones y la cultura provinciana. En la visita al palacio de San Carlos que le hiciera de manera personal al presidente Guillermo León Valencia a una “fiesta Vallenata” por intermedio del ministro Alfredo Riascos Labarcés, fue la noche que el presidente Valencia le regala la “garra presidencial” al maestro Escalona quien estaba en compañía de Colacho Mendoza, Hugues Martínez, Panita Baute, Olimpo y Carlos Araujo, Simón Herrera el cajero y Donaldo Mendoza el guacharaquero, parranda que alcanza a ver la luz del día en los salones de la casa presidencial.

La presentación de la música tradicional Vallenata en la inauguración de la televisión colombiana en el gobierno del general Rojas Pinilla, fue otra de las acciones valiosas gracias a la labor obcecada de López y sus amigos, para introducir la música tradicional vallenata en los círculos políticos y sociales más importantes del país.

La provincia fue otra cosa antes y después de López, fue nuestro mecenas, el que marcara la diferencia con otras regiones del país, que carecieron de un personaje que ejerciera ese liderazgo vital para el desarrollo de nuestra zona.

Fue López quien años más tarde con un grupo de políticos y dirigentes de la provincia toman la iniciativa de separarse del olvido en que permanecía la región por culpa y decidía de los dirigentes magdalenenses, logrando la creación del departamento del Cesar en 1968, donde López y la música vallenata juegan un papel importante para su aprobación en el Congreso de la República, al lado de José Antonio Murgas, Alfonso Araujo Cotes, Aníbal Martínez, Manuel y José Manuel Pineda Bastidas; los hermanos Quintero Araujo, Álvaro Araujo, Manuel Germán Cuello, Jorge Dangond y toda la dirigencia política social y económica de la región y del país que se vincularon a esa justa causa.

Nombrado gobernador del Cesar en 1968 por el presidente Carlos Lleras Restrepo, en casa de Pedro Castro Monsalvo, reunido con Consuelo Araujo Noguera, el maestro Rafael Escalona, Miriam Pupo a quien se le encargara la organización del Pilón Vallenato, Gustavo Gutiérrez y Darío Pavajeau, facultados para convocar y traer los acordeoneros de la región y otros amigos por iniciativa de López, que había vivido experiencias similares en su exilio en la ciudad de México y algunas escaramuzas de festivales anteriores en Valledupar y Aracataca, le dan vida en 1968 al Festival Vallenato cuya fecha del 29 de abril coincide con la fiesta religiosa de la virgen del Rosario y la leyenda del milagro.

Así nace el Festival de la Leyenda Vallenata, una fiesta religioso-pagana que catapultó la cultura nuestra a los niveles que tiene hoy nacional e internacionalmente. En su corta estadía como gobernador del Cesar López “invadió” a Valledupar de personajes volviéndola el epicentro de los aconteceres de la vida nacional en todos sus órdenes.

Por aquí pasó el perro y hasta el gato haciendo “lobby” y desde luego aprendiendo y difundiendo los quehaceres de nuestra cotidianidad. La mochila arhuaca y los collares precolombinos se pusieron de moda en las mujeres a usanza de doña “Ceci” y los hombres dejaron de usar calcetín al ver que López no los usaba.

López como presidente resaltó los valores de nuestra gente y vinculó en su gobierno a muchos líderes de nuestra región en altos cargos del Estado. Recuerdo que fue vital para su campaña presidencial la composición del maestro Escalona: “López es el pollo López es el gallo, el presidente que Colombia necesita” sin duda ha sido ‘La Época de Oro’, la de mayor empuje de nuestra región.

POR: EFRAÍN ‘EL MONO’ QUINTERO/EL PILÓN