La curiosidad es una de las características más distintivas del ser humano, es por ello que, desde niños, aprendemos a explorar el mundo que nos rodea a través de preguntas. Preguntar no solo es una herramienta fundamental para adquirir conocimiento, también es esencial para fomentar la comunicación, resolver problemas y construir relaciones, no solo con el mundo, sino también con nosotros mismos.
Aunque parezca trillado, quiero compartir con ustedes este tema porque, al estar en nuestra cotidianidad, prescindimos o, en ocasiones, subestimamos el poder de una buena pregunta.
Fenomenológicamente, podríamos decir que, este ejercicio de preguntar busca describir y dotar de sentido las cosas tal como son, haciendo un esfuerzo por trascender las apariencias sensoriales, para llegar a la esencia misma de los fenómenos, a lo que está más allá, en el fondo o detrás de lo que aparece ante los sentidos.
Para explicar mejor esta idea, quisiera traer a colación el aparte de una canción vallenata titulada, «El más fuerte», autoría de Aurelio el «Yeyo» Núñez Bermúdez, en la cual este no solo cuestiona, sino que también se cuestiona a sí mismo, al decir lo siguiente:
«¿De qué sirve la fuerza?
que tu amor me relata,
¿de qué sirve tener
lo más fuerte del mundo
y vivir sin tu amor?
¿De qué sirve el cabello?,
si en el fondo lo bello
no tiene que ver…
¿dónde está la razón? (…)».
De forma magistral, «Yeyo» explica lo que, para mí, es la diferencia entre la forma y la esencia. Las formas son el cabello, la belleza, la atracción física; pero ¿de qué sirven estas formas si, en el fondo, lo bello no tiene que ver? ¿dónde está la razón? La razón es para mí la esencia. Lo que nos hace «Más Fuertes», es el preguntarnos, el no quedarnos solo con las formas o meras impresiones que, en ocasiones, esconden vicios. Lo fácil sería quedarnos con los dogmas, las creencias y todo aquello que no se cuestiona. En cambio, trabajar por la realidad requiere energía, agota y al ser humano no le gusta sentirte así. Por ello, activa sus mecanismos de defensa y busca distraerse con el placer, que, para nuestra realidad, equivaldría a distraerse con las redes sociales, donde se vende información rápida y vacía, entregada casi que, como un alimento digerido, el cual, para el momento de su deglución, ya ha perdido sus nutrientes.
Mientras escribía las sabias líneas del maestro «Yeyo», no podía dejar de pensar en un aria de la ópera «La Bohéme» compuesta por Giacomo Puccini que se titula «Che gelida manina», donde uno de sus personajes principales, Rodolfo, canta a Mimi -su amada- de forma poética, con el fondo de las preguntas que se hace el maestro «Yeyo», de la siguiente manera:
«Le diré en dos palabras quién soy, qué hago y cómo vivo.
¿Quién soy?, soy un poeta.
¿Qué es lo que hago?, escribo.
¿Y cómo vivo…? ¡Vivo!
Para vivir plenamente, debemos hacer un esfuerzo por conocer y conocernos, Giacomo Puccini y «Yeyo», tienen en común, además de la poesía, historias que nos llenan de conocimientos con los cuales, contrastamos nuestros pensamientos para construir nuestra consciencia. Por esta razón, la invitación que nos hacen estos maestros, es muy digna, nos incitan a reflexionar por medio de lo que pereciera ser un método dialéctico, con el fin de desafiar nuestras creencias y ayudarnos a descubrir contradicciones en nuestros pensamientos, no con el fin de excluir, sino aceptar, para dotarnos de consciencia y crecer.
Algo similar a lo anterior trató de explicar Diomedes Díaz, cuando en unas de sus presentaciones en vivo manifestó: «Hay cosas que son, pero no parecen, y cosas que parecen, pero no son». Entiendo que más de un erudito, expertos en ciencia y academia creerá que, citar a personas de nuestra realidad es poco profundo, pero lo errado es creer que solo quienes tienen acceso a conocimiento estructurado son quienes conocen la realidad. Lo cierto es que, estas personas en ocasiones sin ningún nivel académico, nos dotaban de profundas reflexiones, en busca de la realidad última, sin recurrir a fórmulas o grandes tesis, solo con la poesía, podían resumir en una estrofa intrincados razonamientos.
Esas preguntas y respuestas profundas que Giacomo Puccini presenta de forma poética son un arte que estamos perdiendo. Tal como nos enseña «Yeyo», para llegar a la razón y auscultar la esencia de las cosas y las ideas, se necesita trabajo, se requiere un esfuerzo donde tratemos de comprender lo que realmente es el fondo, adonde no llegan los prejuicios o las estructuras heredadas que crea nuestra civilización, es así que, para llegar a la esencia, debemos tratar de comprender la naturaleza.
«Obedece a la naturaleza de las cosas (tu propia naturaleza) y andarás libre y tranquilo. Cuando el pensamiento está cautivo, la verdad se oculta, pues todo es oscuro y confuso, y la gravosa práctica de juzgar trae consigo irritación y hastío. ¿Qué beneficio se puede sacar de las distinciones y las separaciones?» (Seng Tsan).
En palabras de Buda, lo esencial sería la unidad, refiriéndose a la naturaleza fundamental de la realidad, que es considerada como una unidad indivisible e interconectada. La grandeza de esta filosofía está en que, no es el yo -solo e independiente- lo que me hace fuerte, sino el saber que soy todo y nada a la vez, por eso, lo que hago a otros, me lo hago a mí y cuando miento a otros, me miento a mí. Esta unidad se conoce como «Dharmakaya» o «la realidad última».
En el budismo, se enseña que la realidad está compuesta por dos niveles:
No. 1. Samvriti-satya (realidad convencional): esta es la realidad que percibimos a través de nuestros sentidos y nuestra mente condicionada. En este nivel, la realidad se presenta como una multiplicidad de objetos y fenómenos separados (Ej.: Dualidad).
No. 2. Paramartha-satya (realidad última): esta es la realidad que se revela cuando se trasciende la percepción condicionada y se alcanza la iluminación. En este nivel, la realidad se revela como una unidad indivisible e interconectada.
Cada vez que preguntamos, estamos dando un paso hacia un mayor entendimiento, es un intento por trascender la realidad convencional. Con este ejercicio creamos puentes, en palabras científicas, canales neuronales a través de un proceso llamado plasticidad sináptica. Nuestras neuronas se comunican entre sí a través de conexiones llamadas sinapsis y al repetir una actividad o adquirir un nuevo conocimiento, estas conexiones se fortalecen, lo que facilita la transmisión de señales entre las neuronas. Este fortalecimiento puede deberse a la liberación de neurotransmisores -sustancias químicas que permiten la comunicación entre las neuronas-.
Como podemos denotar, cada vez que aprendemos o repetimos una actividad, estas conexiones se fortalecen, pero el asunto está en que nuestra mente no distingue entre el aprendizaje de una actividad beneficiosa y una que no lo es, digo esto, porque al estar expuestos a información repetitiva sin preguntarnos lo que realmente es, estamos contaminando nuestra comprensión de la vida y nuestra propia comprensión, por lo cual, seremos más propensos a la manipulación y el engaño.
Esta situación se presenta, porque, por ejemplo, quienes venden productos o información, quieren conseguir clientes, por lo cual, recurren a nuestras desventajas evolutivas -debilidades de nuestra mente-, para llegar a nuestro subconsciente y gracias a herramientas como marketing o la programación neurolingüística (PNL), logran moldear estructuras mentales para consolidar clientes.
Pero no todo está perdido. Para trascender el mundo inconsciente (formas) y hacer consciente nuestra existencia (esencia), debemos posponer la recompensa de obtener beneficios inmediatos y conservar la fuerza del maestro «Yeyo». Solo así podremos detenernos un momento y preguntarnos: ¿qué es lo que realmente quiero en la vida? ¿Qué me hace feliz?
No vean solo formas o se queden con meras impresiones, nuestra actitud frente a las ideas, los textos y todo aquello que queramos conocer, es interrogar (no juzgar), combatir con preguntas, análisis y argumentación, sin caprichos ni intolerancia, e intentar alcanzar esa realidad última (esencia) sin caer en dogmatismo.
Un último consejo, la razón sobrelleva finitud y aterradora incertidumbre. Los filósofos aún no se ponen de acuerdo en que es más importante, una buena pregunta o una buena respuesta. En ocasiones no tendremos respuestas a todos nuestros interrogantes y es en ese momento, cuando debemos recostarnos, hacer una pausa y valorar la persona en que nos hemos convertido. No todo se debe racionalizar, algunos sentimientos es mejor solo sentirlos, no divagar con preguntas sobre cuál será el mejor abrazo, porque mientras pensamos, posiblemente perdamos la oportunidad de demostrar a ese ser querido, lo importante que es para nosotros. De eso se trata la vida, de tomar un poco de cada cosa y quedarnos con lo mejor. Por eso la vida plena es un arte, debemos ser como el pintor que da luz a su obra, pero para resaltar ciertas escenas también recurre a la oscuridad, toma un poco de negro y blanco, no discrimina los colores y ocupa lo necesario de cada cosa para crear su arte.
Espero que, al llegar al final de esta lectura, hayan saltado a cada uno de ustedes, más preguntas que respuestas.
Recuerden: «Lo esencial es invisible a los ojos» (El Principito, Antoine de Saint-Exupéry).
Por: Javier Salina García.






