En el Cesar, las obras públicas parecen estar penadas a una maldición sempiterna: nunca se entregan a tiempo, nunca cuestan lo presupuestado y siempre encuentran una excusa para postergar su culminación, tendencia que se ha vuelto una moda en las últimas administraciones. Lo que comienza como un ambicioso proyecto de desarrollo termina convertido en un monumento a la desidia, la improvisación, y al final, una falacia.
Promesas de progreso que se licúan entre comunicados de prórrogas, solicitudes de adiciones presupuestales y justificaciones que insultan la inteligencia de los ciudadanos, en lo personal, de muy mal gusto. El Centro Cultural de la Música Vallenata, el mirador del Santo Ecce Homo y el anillo vial de Valledupar son apenas ejemplos recientes de este problema sistemático.
El desarrollo de la obra pública parece seguir un libreto inalterable: se anuncia con entusiasmo, acompañada de presupuestos calculados con aparente rigor y plazos que, en teoría, garantizan su ejecución oportuna. No obstante, no pasa mucho tiempo antes de que surjan los llamados ‘imprevistos’.











