Un verdadero escándalo es el que se ha armado en Inglaterra, y en todo el mundo, sobre el descubrimiento de interceptaciones de teléfonos de celebridades de la farándula, el deporte y la política, realizadas por personal de la redacción del diario “News of the world”, propiedad del multimillonario Ruper Murdoch, uno de los mayores propietarios de medios de comunicación en Europa y Estados Unidos.
Además de la gravedad del hecho mismo de las interceptaciones, la gota que rebosó el vaso fue el caso de una niña de trece años, Milly Dowler, quien desapareció y luego fue asesinada, pero su celular fue interceptado por personal del diario antes mencionado y sobre los contenidos de estas interceptaciones se alimentaba la publicación de más historias sobre el caso de la niña. El caso, obviamente, tiene indignados a la sociedad y a las autoridades británicas, a tal punto que Murdoch decidió cerrar el periódico luego de 168 años de vida durante los cuales se había convertido en una institución en este tipo de prensa.
Más allá de la gravedad y las implicaciones particulares del escándalo, el hecho ha motivado una serie de reflexiones sobre el periodismo, en general, y en particular sobre el periodismo amarillista.
El tema de la llamada prensa amarilla o sensacionalismo ha sido siempre objeto de debates y críticas, en torno a la actividad periodística, al punto que muchas personas o instituciones cuando se sienten afectadas con las críticas de algún medio lo primero que hacen es tildarlo de sensacionalista o amarillista.
Sin embargo, la realidad es que los diarios que cubren y se especializan en la información judicial son los más vendidos en todo el mundo, como también los que tocan temas que tienen que ver con la gente de la farándula, los deportes y – en menor proporción- la política. Estos son permitidos en todo el mundo, incluyendo Colombia donde al amparo de la legislación de prensa en esta materia hay relativa y amplia libertad.
Sin embargo, una cosa es hacer uso de esa libertad de información y otra – muy distinta-, acudir a medios ilegales y antiéticos para conseguir esa información, como se ha demostrado con el diario británico “News of the World” y puede estar sucediendo con otras publicaciones de la prensa sensacionalista inglesa.
Paradójicamente, el escándalo se presentó en Inglaterra, que tiene un buen número de diarios y revistas de este tipo, pero que también tiene muchísimos diarios y revistas de información general, seria, objetiva y bien tratada, como es el caso de The Times, entre muchos otros.
El caso debe motivar la reflexión de los periodistas al interior de la redacción de los diarios, como también en las facultades de comunicación y periodismo, sobre la necesidad de tener siempre el referente de la ética, la objetividad y la responsabilidad a la hora de conseguir y tratar la información.
No se puede aceptar que a partir de los propios medios se acuda a mecanismos sofisticados de interceptación de llamadas telefónicas para tener primero las noticias, afectando derechos como la inviolabilidad de la correspondencia y la intimidad de las personas.
El periodismo es un servicio público por encima de todo, y en los países de economía de mercado se financia con la venta de las publicaciones y con la publicidad, pero antes que la rentabilidad de los medios está de por medio la búsqueda de la verdad, la ética periodista y la gran responsabilidad social que a todos nos debe asistir. El periodismo también tiene límites, y estos no sólo están determinados por la ley, sino también por la ética.
Los límites del periodismo
Un verdadero escándalo es el que se ha armado en Inglaterra, y en todo el mundo, sobre el descubrimiento de interceptaciones de teléfonos de celebridades de la farándula, el deporte y la política, realizadas por personal de la redacción del diario “News of the world”, propiedad del multimillonario Ruper Murdoch, uno de los mayores propietarios […]
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