EDITORIAL

El proyecto de reforma a la Educación Superior

Varias veces, desde estas mismas páginas, hemos insistido en el consenso que crece entre los teóricos y planificadores, sobre la gran correlación existente entre la educación y el desarrollo económico y social. En Colombia, también, en diversas oportunidades se ha hablado de la necesidad de adelantar una reforma profunda a nuestro sistema de educación superior, […]

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Varias veces, desde estas mismas páginas, hemos insistido en el consenso que crece entre los teóricos y planificadores, sobre la gran correlación existente entre la educación y el desarrollo económico y social.
En Colombia, también, en diversas oportunidades se ha hablado de la necesidad de adelantar una reforma profunda a nuestro sistema de educación superior, con el fin de mejorar su cobertura, su calidad, pertinencia y su aporte al desarrollo económico, social, cultural, científico del país. Esta vez, ha sido el propio Presidente de la República, Juan Manuel Santos Calderón, quien ha planteado la necesidad de realizar la tan anhelada reforma.
El primer mandatario ha planteado, ante un grupo de rectores de las universidades públicas del país, su proyecto de reforma que busca, en términos generales, aumentar su calidad, buscar nuevas y mayores alternativas de financiación, una mayor pertinencia con el mundo laboral y con la situación de las regiones del país, entre otros objetivos.
Antes de comenzar a debatir sobre este complejo y trascendental tema, que debe involucrar a toda la sociedad colombiana, es necesario que el gobierno nacional, comenzando por la Ministra de Educación María Fernanda Campo, le explique bien al país, a la comunidad académica, en su conjunto, a la empresa privada, a las organizaciones sociales, al Congreso de la República, entre otros estamentos, los objetivos y principales aspectos del proyecto de reforma.
Para nadie es un secreto que la universidad en Colombia pasa por una aguda crisis, al igual que  el resto de América Latina y la gran mayoría de los países subdesarrollados. Recientemente leíamos, nuevamente, en el diario EL TIEMPO, de Bogotá, que entre las 200 mejores universidades del mundo no había una sola de América Latina. Y la más aproximada a ese Ranking era la Universidad Autónoma de México (UNAM), en el puesto 222.
Las mejores universidades del mundo, según una encuesta entre 15 mil académicos, están en Estados Unidos, Europa y Asia. Es una lástima – y seguramente nos falta mucho camino por recorrer- la situación de las universidades de América Latina, en el concierto mundial.
Y si esa es la situación de América Latina, no es muy difícil imaginar cuál es la situación de la universidad de Colombia, en general, en estos mismos parámetros de calidad, cobertura, pertinencia, empleabilidad, investigación y edición de publicaciones, entre otros aspectos. De allí, insistimos, la importancia de esta reforma que el país está en mora de adelantar.
A partir de la aprobación de la Constitución de 1991, que en su artículo 69 estableció la autonomía para las universidades, en el país creció de manera exponencial el número de universidades privadas y públicas de dudosa calidad.
En Bogotá, sólo en el barrio Chapinero, hay más universidades que en cualquier capital de Europa. En realidad, inician en una vieja casa colonial y a los pocos años ya están comprando manzanas enteras y ofreciendo programas     con gran rapidez, bajo la autorización simplista del Icfes, que ha sido excesivamente permisivo frente a la mediocridad de buena parte del sistema educativo superior del país.
Colombia requiere, con urgencia, una gran reforma a su sistema de educación superior; pero esta debe comenzar, paradójicamente por la formación de sus bachilleres, muchos de los cuales llegan a las universidades sin las suficientes bases para ingresar y acceder al conocimiento universal, sin comprobadas destrezas de comprensión de  lectura y escritura, y con unos brochazos de cultura general insuficientes para el nuevo nivel. Ahí se inicia buena parte del problema.
El país debe mirar con cuidado el desarrollo de las universidades de Europa y de los Estados Unidos; qué es lo que las hace competitivas y de buena calidad, y volver a hacer como se hizo a mediados del siglo pasado cuando se reformó la Universidad Nacional, que se trajeron de Europa destacados académicos y profesores, que fueron los encargados de hacer de la Nacional lo que hoy es: el alma mater de Colombia.
La reforma debe tener en cuenta todos los cambios que se están realizando en el sistema educativo, volver a fomentar la lectura, la investigación, la evaluación serie y transparente, un proceso serio de selección de los maestros de las universidades, como también las necesidades del sector productivo, las regiones, y los avances en las nuevas tecnologías, además del tema del bilingüismo y de los cambios en la pedagogía universitaria.
Pero debe ser un cambio a fondo, recuperando de verdad la autonomía de las universidades, en particular de las públicas, hoy perdidas en el clientelismo, la corrupción y la mediocridad, en la gran mayoría de los casos. También las privadas afrontan una crisis por su excesivo mercantilismo. Desde esta tribuna estaremos muy atentos a la evolución de esta importante reforma.

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