La violencia ha sido una de las constantes en la historia de Colombia; ha cambiado de matices, es cierto, pero se ha mantenido. Desde mediados del siglo pasado, desde antes del asesinato del dirigente liberal, Jorge Eliécer Gaitán, cuando el enfrentamiento bipartidista: liberales-conservadores, que se aplacó con el acuerdo del Frente Nacional, pasando por la violencia de los grupos guerrilleros de orientación comunista surgidos en la década de los años sesenta, como las FARC y el ELN, que todavía sigue operando, pasando por la violencia paramilitar y luego la generada por el narcotráfico, la violencia ha sido el sello del devenir de nuestro país.
La edición especial publicada ayer por el diario EL TIEMPO, con motivo de sus cien años, ratifican la tesis antes señalada: la violencia ha sido la gran protagonista de la historia de este país. No obstante lo anterior, hay que reconocer que Colombia ha progresado en muchos aspectos, a pesar de esa violencia. Adicionalmente, ha logrado mantener una gran estabilidad política en medio de ese conflicto no declarado y con tan tos actores involucrados.
En los últimos años, a pesar de los avances con la política de seguridad democrática del gobierno del Presidente Álvaro Uribe Vélez, la violencia ha persistido. Sin duda, han perdido poder y capacidad de perturbación los grupos guerrilleros, en particular las FARC y el ELN, que son los que quedan; pero han entrado otros actores ahora al teatro macabro de la violencia: sigue el problema del narcotráfico, que ahora parece más discreto y atomizado, y están los reductos del fenómeno paramilitar, y el fenómeno de las llamadas bandas criminales, que están operando en la mayor parte del país y son el gran dolor de cabeza del gobierno nacional, como la ratificaron el pasado fin de semana el propio Presidente Santos y el Ministro de Defensa, Rodrigo Rivera Salazar.
