Yo había cantado este territorio mucho antes de pisarlo. En parrandas ajenas, a voz en grito, repetí “las aguas claras que tiene el Guatapurí”, “nubes que besan la punta del cerro”, diablos que avanzan en forma de tren y cañaguates florecidos como promesa. Crecí en el regazo de la vieja Sara, eché —echo— de menos al pobre Migue, adoro a Alicia, reclamo la Custodia de Badillo y lloro a Jaime Molina. Esa cartografía sentimental me ubicaba el Magdalena Grande en el mapa, en el libro, en la fiesta, pero el Valle y más allá —el Cesar— este pedazote del Magdalena grande, existía para mí como canción, no como territorio.
Cuando por fin llegué a Valledupar, en vísperas del Festival de la Leyenda Vallenata, traía una mochila grande y tres mudas de ropa. Venía por tres días, con una cita concreta: acompañar la exposición de mi querida amiga, la pintora Magola Moreno, que ha hecho de esta tierra su casa y parte esencial de su universo creativo.
Pero el segundo día me bañé en el Guatapurí. Y así fue que aquel plan corto se transformó en siete meses que hoy siento como una de mis vidas más queridas.






