Siempre les escuché a los mayores, “que existía un hombre en Bogotá muy ligado a la provincia por razones de sangre y que no hacía más que ayudarnos”. La primera vez que lo vi, tenía 9 años. Mi padre, quien hizo parte de la delegación guajira que apoyaba a Luis Enrique Martínez, me había llevado al primer Festival de la Leyenda Vallenata.
No he podido olvidar, que al lado del palo de mango, estaba una tarima de madera y un micrófono alto por donde hablaban. Mi padre y sus paisanos gritaban, cada vez que Luis Enrique Martínez tocaba. Eso iba y venía gente. Todos tenían su predilección por uno u otro acordeonero. A mi padre le oí decir con rabia, en la noche: “nos robaron. El pollo es el mejor. No hay por aquí quien toque mejor que Luis Enrique Martínez”. Muchos años después, entendí varias de las situaciones que presencié en ese evento.











