COLUMNISTA

¿Cuánto de lo mío ha muerto?

El poeta Jordi Virallonga decía: “La muerte no es la muerte, es un muerto, y habita en el recuerdo de algo vivo, como un ojo en el salitre de la puerta”. Y hay que hallarle razón y reflexionar sobre tal extraña afirmación.

¿Cuánto de lo mío ha muerto?

¿Cuánto de lo mío ha muerto?

Por: Jairo

@el_pilon

canal de WhatsApp

El poeta Jordi Virallonga decía: “La muerte no es la muerte, es un muerto, y habita en el recuerdo de algo vivo, como un ojo en el salitre de la puerta”. Y hay que hallarle razón y reflexionar sobre tal extraña afirmación.

Muchos intentan recuperar los cuerpos de los desaparecidos, escuchar la voz que no volveremos a oír, mirar en el valle de los muertos esperando que el mundo igual nos arranque los ojos algún día; averiguar los secretos que se descubren tras la muerte, el desvanecimiento de un mundo, el regreso a una infancia sin mitos y la exigencia de algunos por borrar toda huella de su existencia.

Aunque parezca bizarro tratar de manera sofisticada la muerte, es algo que todos deberíamos hacer sin prejuicio o temor. La muerte es tan natural como la vida y, como he dicho muchas veces, nos acompaña desde que nacemos. Es la más fiel compañera del vivir, nuestro destino seguro aunque queramos tomar caminos que no nos conduzcan a ella, al menos no tan rápido.

Cuando alguien cercano muere, en especial un familiar, enfrentamos el fenómeno de la muerte mirando los ojos de los sobrevivientes, escuchando a quienes quedan como fieles testigos de la ausencia ajena que, en buena medida, es también nuestra, pues al morir los otros desaparece lo que fuimos con ellos. Solo es cuestión de reflexionar un poco.

La vida nos alimenta de experiencias que construyen nuestros recuerdos, y en ellas no solo participamos nosotros: la familia, los amigos y conocidos hacen parte de ese andar. Esa compañía forja “otros yo”, si se puede decir así, un bloque distinto pero que forma parte del propio ser. En él construimos otra vida, tal vez paralela, pero atada a la principal.

Cuando alguien se marcha, se lleva el recuerdo que tenía de nosotros, los sentimientos que le generamos, las emociones compartidas, el amor y la comprensión íntima. Nuestro silencio, aunque no pertenece a lo vivo, nos cubre como neblina al despedir al que se va. ¿Qué se lleva de nosotros? ¿Qué muere con él que sea nuestro? Son interrogantes que pasan desapercibidos y que quizás hasta hoy nos atrevemos a hacer.

Cada conversación, abrazo, beso, cada faena diaria no nos pertenece solo a nosotros, son vivencias compartidas que alimentan un mundo de recuerdos. En cada uno, intentamos guardar u olvidar algo externo que, al final, todos compartimos.

Por eso, queridos lectores, cuando hablemos con alguien y nos despidamos, no descartemos que quizás fue la última conversación, que caminamos al margen de la muerte sin notarlo, rozando la ausencia sin percibirla. Tal vez mañana alguno de los dos no pronuncie más el nombre del otro y se lleve su voz a esa sima íntima donde solo quienes se atreven a recordar la muerte saben de ella. Quizás los que sobrevivan recuerden la sonrisa del que se fue, pero el recuerdo de la nuestra ya no existirá. Podemos imaginar una voz sin cuerpo, pero sin duda, ya no será lo mismo.  

Hoy, recuerdo a mis muertos aunque ellos no lo hagan conmigo. Quizás lo hagan en un inframundo desconocido, quizás sigan sonriendo como los recordamos. Si todo tiempo es un presente eterno, todo tiempo es irremediable, como dice Eliot. Y al final, todos somos olas que romperemos algún día contra la orilla.

Por: Jairo Mejía. 

TE PUEDE INTERESAR