Esta nota no se escribe sobre los cínicos como se conocen con el significado actual: personas que dicen cosas falsas de manera descarada, es decir, de los malos. Vamos a escribir sobre los cínicos de los buenos, de una de aquellas escuelas helenística, entre las varias creadas por los discípulos de Sócrates (Estoicismo, Epicureísmo, Hedonismo, Escepticismo), que tenía como representante a Antístenes (el más querido del maestro, siendo Platón el más famoso), a Diógenes de Sinope, a Crates de Tebas y a una mujer, Hiparquia de Maronea.
El filósofo Rafael Carrillo, siguiendo a Sócrates y a sus discípulos, de concebir la filosofía también como un modo de vida, la llevó con suma austeridad, alejada de los bienes materiales, de la fastuosidad y que le permitiera vivir con lo necesario. Con la práctica de la libertad, la verdad y la virtud (lo bueno, lo bello, lo justo, etc.) entre otras, encontró la felicidad.
Consecuente con ese modo de vida, Carrillo decía que no invertiría en ladrillos por dejar de comprar libros, de manera que durante su existencia tuvo que arrendar varios inmuebles que le sirvieran de albergue.











