Una tisana de ortiga blanca sorbía de una taza de porcelana inglesa el general. Con una envoltura de tela de liencillo, como un turbante mal hecho, arropaba su cabeza, según la medicación de un galeno de sus regimientos acuartelados en Lima.
En las horas de la primera madrugada, la fiebre le había repetido y por eso sus ojos estaban enrojecidos de insomnio. Dos días atrás la hemorragia nasal le había parado. Una nativa de Pativilca, el pueblo peruano donde estuvo postrado de tabardillo o mal de insolación, dos años antes, le había atajado el sangrado con compresas de vino agrio sobre el arco de la nariz, y remediado el desgano de comida con caldos de cilantrillo, menudencias de aves de corral en majaduras de ají panga con miel de trapiche.
Desde entonces el general acudía a tales medicamentos para remediar los dos males. Esa mañana del 26 de marzo de 1826 estaba allí en ese trance de convaleciente en compañía de Antonio Leocadio Guzmán, un joven venezolano educado en Madrid, que sentado en una silla frailera estaba al pie de su cama ornada con dosel de raso blanco.











