Como mi interés intelectual no se centra en la política, no presté atención a este evento anunciado. Sin embargo, su cobertura mediática me llevó a buscar la transmisión en YouTube, encontrándola en el canal de la casa editorial El Tiempo.
Digo “infortunadamente” porque durante toda la transmisión, dos periodistas de dicha editorial se dedicaron, no a permitirnos escuchar las intervenciones del presidente y demás participantes, sino a explicarlas, como si nosotros fuéramos niños o personas con discapacidad mental. Actuaron como intérpretes dogmatizantes, más interesados en sus propias versiones que en ofrecer una visión objetiva de los hechos. Se engreían minutos tras minutos dando a conocer el número de enlace de los oyentes hasta llegar a 58.000, como si eso fuera lo importante. Quizá para su oficio de cuidadores del rebaño sí. Los oyentes teníamos el derecho de escuchar directamente para formarnos nuestras propias opiniones; cualquier comentario podría hacerse posteriormente. Sin embargo, ellos parecían pensar que el público no podía pensar por sí mismo, sino que debía aceptar su narrativa.
A pesar de esto, logré notar que el presidente actuó conforme a su rígida unipersonalidad, asemejándose a un maestro regañón que enseñaba historia y filosofía, especialmente la dialéctica, aunque no mencionó a Hegel.
“Todo fluye”, apostrofaba, corrigiéndose a veces con una dialéctica más práctica, la marxista. Exigía con gestos y movimientos enérgicos el cumplimiento de los deberes de ministros y jefes administrativos, como si se dirigiera a un pelotón. Curiosamente, insistía en que era un hombre demócrata, un gobernante demócrata. Quizá sinceramente aspire a serlo, pero sus gestos físicos no lo respaldan, lo que podría indicar un conflicto personal no resuelto, a pesar de su autodefinición como demócrata.
Por otro lado, las reacciones de los aludidos fueron notorias: ni cortos ni perezosos, contraargumentaron en ocasiones, manifestando desacuerdos con algunas decisiones de nombramiento del presidente y recordando el cumplimiento de sus deberes, salvo en casos de falta de presupuesto o fallas administrativas no atribuibles a ellos.
De todos modos, el país observó que gobernar no es fácil, ni siquiera para aquellos que, siendo opositores, aspiran a convertirse en gobierno. Lo verdaderamente importante es que perduren las opciones democráticas.
Algunas conclusiones: impresiona que solo a estas alturas el presidente haya tomado conciencia de las numerosas inejecuciones de las obras públicas que considera prioritarias. ¿No había habido antes consejos de ministros? Además, el presidente culpa a sus ministros ante el país, eximiéndose a sí mismo. El presidente no tiene cómo disculparse de dos figuras de la culpa jurídica: la culpa in eligendo, él eligió a sus ministros; culpa in vigilando, él es el vigilante de sus ministros.
Por último, esta experiencia ha dejado claro que dentro del gobierno existe oposición al presidente, lo que indica que su administración enfrenta serios problemas. Por tanto, estamos asistiendo a un proceso de autodestrucción del propio gobierno. Aquí cabe la pregunta que se hace el pensador Yuval Noah Harari en su libro Nexus: ¿”si los sapiens somos tan sabios, por qué somos tan autodestructivos”?
Por: Rodrigo López Barros.







