COLUMNISTA

¿Qué nos queda del llamado a la cordura?

Hace apenas tres semanas, la Iglesia, como voz moral del país, hizo un llamado urgente a terminar el lenguaje violento que viene dominando el discurso político nacional.

¿Qué nos queda del llamado a la cordura?

¿Qué nos queda del llamado a la cordura?

Por: Ricardo

@el_pilon

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Hace apenas tres semanas, la Iglesia, como voz moral del país, hizo un llamado urgente a terminar el lenguaje violento que viene dominando el discurso político nacional. Fue una invitación respaldada por casi toda la dirigencia política del país. Era, sin duda, una oportunidad para bajarle el tono al odio, para cambiar la confrontación por el diálogo. Pero ese llamado ya parece haber quedado en el olvido.

Tal vez por el afán de no parecer “tibios”, sorprende y preocupa que dos de las figuras que abiertamente dicen querer ser candidatas presidenciales, Alfredo Saade y María Fernanda Cabal, hayan decidido en los últimos días avivar la polarización con mensajes  “culiprontos” y cargados de desinformación.

Alfredo Saade, actual jefe de despacho de la Presidencia, difundió en X una imagen con el titular: “Última hora: Paciente de la Fundación Santa Fe de Bogotá asegura haber visto a Miguel Uribe en una silla de ruedas, rodeado de escoltas, junto a su esposa”. A esto agregó un comentario cínico: “Me produce una tremenda felicidad que el senador ya esté sano y que pueda deambular por la clínica”. Lo que pretendía ser sarcasmo político, terminó siendo una burla de mal gusto ante el grave estado de salud del senador. La noticia que Saade replicó no tenía fuente confiable, y su decisión de compartirla solo puede entenderse como un acto de mezquindad política.

María Fernanda Cabal, sobre la visita del presidente Petro a Manta, Ecuador, no solo insinuó, sin pruebas, que la residencia en cuestión podría pertenecer a alguien vinculado con redes criminales, sino que además agregó que el empresario habría sido asesinado días después de la visita presidencial. Ningún medio serio ha confirmado esta versión, ni existen evidencias, mucho menos de que tuviera algún vínculo con el supuesto crimen. Esta tiradera, como dicen los reguetoneros, construida sobre rumores y teorías sin sustento, busca claramente sembrar la duda y el escándalo a toda costa. Una estrategia vieja, pero peligrosa: lanzar la piedra y esconder la mano.

Estos episodios no son aislados, reflejan una forma de hacer política que se ha vuelto común, reaccionar con la cabeza caliente, disparar sin verificar, y priorizar el daño al adversario por encima del bien común. ¿Es este el nivel de análisis que están dispuestos a ofrecerle al país si llegan al poder? ¿Será esa la actitud con la que piensan gobernar un país atravesado por la pobreza, la inseguridad, la desigualdad y la desconfianza institucional?

La política convertida en una guerra nos está llevando al precipicio. Lo que hoy parecen simples trinos, mañana se convierten en discursos de odio en las calles, en agresiones entre vecinos, en polarización. Es ingenuo pensar que todo se queda en redes sociales. Las palabras y mensajes lanzados con rabia terminan cosechando resentimiento.

Este es un llamado urgente a toda la dirigencia, y especialmente a quienes tienen un eco en la opinión pública, pensar en el país y su futuro debe estar por encima de las mezquindades políticas. Es hora de dejar atrás la radicalización, de hablar con responsabilidad, de bajarle al volumen del insulto y subirle al tono de las ideas. La democracia no necesita caudillos con megáfono, sino líderes con visión e ideas.

No siempre el río revuelto genera ganancia a pescadores. A veces, lo único que deja es agua sucia para todos.

Ricardo Reyes

Columnista

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