Temas como la cólera, esa ira de Aquiles que se percibe en el primer canto de la Ilíada, se recuerdan constantemente entre los hombres, al igual que la guerra en donde no hay vencedores ni vencidos, en donde a pesar de existir reglas éstas no se respetan y algún día el exterminio de la raza humana será provocada por ellos mismos.
No ha valido a través del paso de los siglos poner de manifiesto los horrores de los conflictos y sus efectos colaterales, el sufrimiento de las familias que ven partir o morir a sus seres queridos en la guerra, cuántos hijos, cuántos padres que no regresan. Solamente yo llevo el número de almas recogidas y trasladadas aunque hay otras que aún esperan cumplir sus cien años para poder pagar su pasaje hasta su última morada, al no tener en su momento el precio de mi pasaje. Hay miles que esperan.
Pero también hay temas que merecen ser recordados por los hombres, el honor y el orgullo, cuando éstos se anteponen al interés de los demás y eso a lo único que conduce es a más muertes y sufrimiento. También en los hombres hay humanidad, un gesto de ésta es necesario muchas veces en medio del horror, un ejemplo de piedad. Sin embargo, siempre debe existir la voluntad de los dioses, independiente quienes son, ellos al fin y al cabo dirigen los designios de los hombres marcando sus conflictos, aventuras y desventuras, mofándose de ellos engañándolos al intervenir algunas veces en favor de algunas de las partes.
¿Y dónde dejas a la muerte, la principal protagonista incluso desplazando a la vida misma? ¿Qué sería de ésta sin el ocaso que le permite el descanso? Ella siempre está presente a lo largo de la existencia de los hombres, aunque se crean inmortales. Ni siquiera los héroes lo son, pueden ser invencibles, pero al final ninguno se puede librar de la muerte. Los hombres siempre serán hojas desprendidas de un árbol, añorando infructuosamente regresar a la rama que las creó. Unos humanos nacen y otros perecen, es la ley natural. ¡Ah! y ¿dónde dejar al amor?, es el motor del hombre, pero aquel sin condición, el puro, el fiel, el que conlleva sacrificio, a ese me refiero. Siempre habrá una historia de amor que contar, siempre habrá una historia de amor que se quiera leer y más cuando se sufre profundamente superando desventuras con los protagonistas, porque de él se desprende igualmente el valor de la familia, el que al final le da sentido a sus vidas.
Hay otros que inspiran al patriotismo y al hogar y en otros puertos encontrarás a muchos más convirtiéndolos en una necesidad. Pero, aunque estén muertos, muchos tienen sed de venganza, un tema que se mantiene vigente a través de los tiempos, reflejado en la historia de aquellos cegados por dicha pasión. Como te dije, todos parecen olvidarse que el devenir de los hombres es voluntad de sus dioses, sean quienes sean. Ellos son los que controlan todo, los que imponen peligros, los que deciden marcar el final de cualquiera, en fin, son los dueños de la vida y también de la muerte.
A estas alturas sabrás quien soy. Caronte, se me conoce como un ser maligno. Qué equivocados están los que así me identifican. Soy el brillo intenso. Solo soy el transportador de las almas desprendidas de sus cuerpos, que en agonía ansían la estadía final al otro lado del río, con la esperanza de que en aquella orilla existan mejores condiciones de vida. ¿De vida? Qué estupidez. ¿Ya muertos que pueden añorar? Tal vez haya algo que añorar, eso aún no lo saben; sin embargo, procuro en cada viaje, con cada alma que transporto, concientizar, si es que puedo decirlo así, sobre lo que has hecho o dejaste de hacer. Quizás se te dé otra oportunidad y si fuera así. ¿Qué harías para que tu viaje final fuera de verdad placentero?
Lo que ves aquí y lo que no logras ver también es mi territorio, mis dominios. Me pertenecen los ríos aquí abajo, el principal que es Aqueronte, también el de los lamentos, el del fuego, el del olvido y el del odio. Yo solo navego por ellos, pero tú, apreciado lector, ¿cuál río escoges navegar? ¿En cuál orilla te quieres bajar? Aún es tiempo de pensar que aún se puede hacer el bien.
Por: Jairo Mejía.







