Soñar con elegir y ser elegido en democracia, es un pensamiento utópico hoy en día. La democracia como tal, si es que ha existido alguna vez, ya no funciona como debería ser. ¿Puedo aspirar a ser elegido siquiera como concejal de mi municipio en transparente democracia? Ni siquiera si tengo un millón de amigos como dice Roberto Carlos en su canción, pues si se llegara a contar al menos con unos diez (siendo optimista), estos tienen unos compromisos que deben cumplir en honor a lo que tal vez están haciendo o han logrado y no precisamente por la amistad, pues como se dice, en política no hay amigos, hay aliados y hasta otras cosas más.
Ya ni siquiera se cuenta con la familia en muchas ocasiones, pues cada uno debe responder por sus compromisos, como decía. Un hijo, un hermano, un tío, un padre que trabaja gracias a algún político deben retribuir el favor al político que ha permitido tal oportunidad laboral, la que muchas veces ni siquiera es completa, pues a pesar de que se trabaje tiempo completo, la remuneración hasta en algunas ocasiones debe ser compartida. Pero eso es harina de otro costal como se dice coloquialmente.
Solo puede afirmarse en sentido derivado y metafórico, que el pueblo gobierna. Si analizáramos lo que de verdad debería ser una democracia, llegaríamos a la conclusión que ni siquiera sabemos en qué clase de gobierno estamos, pues en un nivel descriptivo la democracia debe definirse como aquel conjunto de instituciones en el más amplio sentido de la palabra: constitucionalidad del Estado que nos garantice las libertades públicas, un sufragio universal, libre de opresiones; un Congreso imparcial, una verdadera división de poderes, la existencia de unos partidos políticos y no unos carteles de contratación en los que se han convertido, que articulen una efectiva alternancia en el poder, y así como éstos, otros elementos que nos garantice la participación del pueblo en el gobierno de nuestro pueblo.
La democracia vista como un mecanismo de selección de unas minorías que acceden al poder, como un instrumento de una cierta descentralización, reparto y control del poder dista de la realidad actual en la que muchos países fundamentan sus libertades políticas, creando un sofisma de distracción para aquellos ilusos o utópicos que consideran la creencia de la existencia de una real democracia. Cuán lejos estamos de dicha realidad. El pueblo jamás ejercerá directamente el poder. La democracia creída como una identidad de gobernantes y gobernados, en una sociedad suficientemente compleja como la que hoy tenemos, es una utopía.
Yo creo que la palabra democracia, tal como lo describe Sartori, ha obtenido y sigue teniendo éxito no a pesar de, sino precisamente por su aroma utópico. Que no es casualidad, lo cual también comparto, que mientras los griegos acuñaron el término democracia para describir una posible forma de gobierno, nosotros hemos resucitado ese término que prescribe una manera imposible y, sin duda alguna, debemos puntualizar que ya en el mundo moderno la palabra democracia, ante todo y sobre todo, es una palabra normativa: que no describe una cosa, sino que prescribe un ideal.
Cuántos no soñamos por ver a nuestra sociedad transformada y quizás votamos por aquellos mercaderes de ilusiones sociales que de una u otra forma mantienen vigente su poder ante un electorado cautivo, incapaz de sublevarse por más que lo deseen, desafiando la defensa de valores incrustados desde muy temprano, cuestión que a estas alturas ya no tiene importancia, porque estamos ante una sociedad carente casi en su totalidad de los mismos.
Añoramos la participación de todos, cuestión que es absolutamente imposible, pero no debemos desfallecer en nuestro afán de intentar transformar en masa nuestra sociedad y por eso no debemos ser simplemente seres contemplativos sino protagonistas y verdaderos actores de nuestro propio futuro, pues no podemos olvidar que la democratización de una sociedad es una labor a la vez utópica y pragmática y que requiere de una paciente mezcla de moral y realismo, así como tampoco podemos olvidar que a toda utopía hay que preguntarle por su relación con la realidad, que a toda realidad hay que preguntarle por la utopía a la que debe referirse y que por último hay que mantener siempre viva la conciencia de la diferencia entre lo que hacemos y aquello a lo que aspiramos.
Por: Jairo Mejía.







