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La reserva selectiva de las fuentes

El periodismo, se nos dice, es un oficio que se juega entre la verdad y la reserva. La verdad exige pruebas, la reserva protege a quienes arriesgan algo al contarlas. Pero en el país de los dobles raseros, esa regla parece moldearse según convenga.

Hugo Mendoza, columnista de EL PILÓN.

Hugo Mendoza, columnista de EL PILÓN.

Por: Hugo

@el_pilon

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El periodismo, se nos dice, es un oficio que se juega entre la verdad y la reserva. La verdad exige pruebas, la reserva protege a quienes arriesgan algo al contarlas. Pero en el país de los dobles raseros, esa regla parece moldearse según convenga.

Daniel Coronell, autoproclamado guardián de la transparencia, se ha convertido en ejemplo curioso de cómo la reserva de las fuentes es un principio sagrado… hasta que deja de serlo. Con solemnidad nos recuerda que buscó al exministro Yesid Reyes “cumpliendo su deber de verificar”. Perfecto. Verificar es lo mínimo. Pero, ¡oh paradoja brutal!, en el mismo acto, sin sonrojos, revela conversaciones privadas con el exministro, aquel que alguna vez lo defendió probono. La gratitud se paga ahora con líneas impresas de mala leche en una columna nacional.

El exministro Reyes, por seriedad y decoro, guarda silencio sobre la identidad de quien lo invitó a Medellín a ver silleteros y a “saludar a Uribe”. Coronell, sin embargo, lo cita con nombre propio, subrayando cada gesto, cada frase, cada duda. La reserva vale para proteger a terceros, pero no para impedir al inefable columnista exponer a quienes alguna vez lo auxiliaron. Transparencia selectiva, dicen.

Lo mismo ocurre con el abogado Mauricio Pava. Consultado, se niega a confirmar o negar encuentros, y opta por la prudencia profesional. Coronell, en cambio, convierte su silencio en malhadado insumo narrativo, sin titubeos. El periodista reclama la obligación de que los demás hablen, mientras él se reserva el derecho de callar sobre sus propios procedimientos. Si un político guarda silencio, es sospechoso; si un periodista lo hace, es ética.

En este ajedrez, la coherencia queda arrinconada. Coronell critica a Uribe por cuestionar a Iván Cepeda, acusándolo de buscar testigos para sobornarlos. Pero cuando él mismo indaga con Reyes o Pava, la empresa se vuelve “verificación rigurosa”. Si se trata de Uribe, todo contacto es maniobra oscura; si se trata del periodista, todo contacto es deber moral.

El problema no es que Coronell verifique. Eso es deseable. La cuestión es la teatralidad con que atavía su rol, exigiendo reservas absolutas cuando la filtración le incomoda y mostrándose generoso con la pluma cuando la revelación le sirve. La ética periodística no puede ser un espejo deformante: reservar para mí, exponer para los otros.

Quizá el verdadero espectáculo de la Feria de las Flores no estuvo en Medellín, sino en esa columna. Allí desfilan, como silleteros cargando pesos ajenos, los nombres de abogados y connotados exministros, mientras la bandera de la “reserva” ondea solo cuando es útil al narrador. La coherencia, al parecer, no alcanzó asiento en la tarima.

Porque si de algo debe protegerse el periodismo no es solo de los poderosos que buscan manipularlo, sino también de sí mismo cuando cae en el juego de aplicar principios a conveniencia. La reserva de fuentes no es una carta de póker para guardarla o mostrarla según favorezca la jugada. Es un principio, y como tal, debería ser inquebrantable.

Al final, más que la Feria de las Flores, lo que leímos fue la feria de las diatribas internas que lo desnudan y la sistemática e iracunda y dañina postura periodística contra su flanco predilecto: Uribe y su familia. ¡Que vaina!

Por: Hugo Mendoza Guerra.

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