Un inteligente estudiante del programa de Psicología de una de las universidades de Valledupar les está planteando a sus docentes de investigación realizar un estudio cuantitativo sobre el coeficiente intelectual de los activistas políticos, comparativo entre los correligionarios de la derecha y de la izquierda.
Oportuna iniciativa, sobre todo si tenemos en cuenta que las enconadas rivalidades políticas han llevado a tal ruptura de la sociedad colombiana, que no es raro ver pelear a amigos por desacuerdos ideológicos o incluso separarse matrimonios porque el hombre de origen paisa es uribista y la mujer de tradición pueblerina es progresista. El grado de pasión política impacta tanto en el carácter de cada individuo, que no va a ser difícil concluir que la irracionalidad es inversamente proporcional al coeficiente intelectual.
Entonces, los resultados del estudio, indistintamente de la inclinación ideológica, muy seguramente serán uniformes en el sentido de que estadísticamente permitirán deducir que entre más radical sea la persona, menor será su coeficiente intelectual.
Una realidad que nos llevará a entender, por ejemplo, los motivos por los que “un pobre que se cree rico se vuelve el peor enemigo de otro pobre, por defender a quien los hace pobres a ambos”. O buscar las razones del insolidario trastorno conceptual del trabajador que logró ascender socioeconómicamente aprovechando conquistas laborales, pero que hoy obstinadamente defiende a quienes se enriquecen con la expropiación de los derechos gremiales conseguidos en la lucha sindical.
Caso parecido es la negación de sí mismos que manifiestan algunos homosexuales, apoyando estructuras políticas de derecha, contrarias ideológicamente a la diversidad sexual y, por ende, a su misma naturaleza, cuando, poseídos por la fantasía de creerse ricos y pertenecer a una clase social alta, aprueban su propia exclusión, legitimando la brecha de derechos promovida desde lo público.
Y así encontramos actores de la cotidianidad deformándose profesionalmente, en un férreo adoctrinamiento político movido por la estúpida subordinación hacia sus particulares carencias. Hay artistas siguiendo a quienes anteponen la economía al arte, periodistas aplaudiendo mecanismos de presión que los obligan a sesgar la historia que diariamente escriben y así muchos profesionales llenos de contradicciones que, por mucho que argumenten, no dan para explicar.
Estas paradojas no son exclusivas de la derecha. Algunos amigos del gobierno imitan lo que tanto critican en una total incoherencia: desprecian su militancia para favorecer la oposición tradicional y se embelesan tanto con el poquito de poder que alcanzan que, como si les fuera a durar toda la vida, sucumben a las mieles y lisonjas de sus cargos, en total obediencia a sus ambiciones personales e insaciables egoísmos, hasta condenarse a quedar sin poder y sin amigos.
En fin, en el estudio lo que se va a concluir es que la ciega pasión sustenta en igual medida el ímpetu tropero y deprime el coeficiente intelectual de las tendencias antagonistas. ¿Qué hacer, entonces, para sobrevivir a esta malsana dualidad? El secreto estará en manejar civilizadamente las discrepancias y diferenciar del contexto ideológico a los equivocados protagonistas, quienes, con sus vicios y equivocaciones, derrochan la esperanza renovadora de quienes votamos confiados en que se va a trabajar por el bienestar general y no solo en beneficio propio. Fuerte abrazo.
Por: Antonio María Araújo Calderón.







