La muerte de mi tío Alfonso Araújo Cotes fue un aplauso a la vida, fue un festejo para, de pie, aplaudir su existencia. Fue un liberal que no destiñó. Se ubicó, al lado de López Michelsen, en el ala progresista e intelectual del liberalismo. Araújo Cotes se destacó en varios ámbitos.
En su vida pública nos legó valores. Ayudó a construir aquella época -ya perdida, ya lejana- en la que la política se hacía con honestidad y, cuando lo público, no era un botín para enriquecerse. No usó el poder para formar clanes políticos ni le jaló al nepotismo como forma de gobierno familiar. Mi tío no se enriqueció, no se sirvió del presupuesto público sino que sirvió al territorio y a sus gentes.
Cuando fue -hace ya décadas- director del Instituto de Fomento Municipal (INFOPAL) y dos veces gobernador del Cesar, transformó vidas y territorios. Al Cesar, de su mano, llegó el acueducto, el alcantarillado, el aseo y el saneamiento básico y fue protagonista en la creación del departamento.






