Si analizamos la situación política, económica y religiosa a nivel mundial, no encontramos nada bueno que nos enfoque con la paz y prosperidad de los pueblos que miran más allá de los conflictos y los intereses particulares, y solo desean como fin último el bien social para lograr la equidad en muchos aspectos básicos, sin desechar las jerarquías dentro de la organización y el orden para ajustar la ley al sentimiento universal.
El odio, como sombra persistente del alma humana, ha contaminado las estructuras que deberían velar por la armonía colectiva. Estos escenarios, en vez de servir al bien común, muchas veces institucionalizan el odio. Desde el poder que divide en la política, hasta la codicia que excluye en la economía y el dogma que condena en la religión, el odio se ha vestido de ley, de moneda, de fe con doble cara cuando la opresión humilla y esclaviza a la compasión.
Siempre he dicho que la violencia estatal, el autoritarismo y el populismo solo explotan heridas sociales, no las sanan, y alimentan ciclos de guerra y represión. Eso ocurre cuando en manos de líderes sin escrúpulos, el odio se convierte en ideología, y el pueblo en campo de batalla. Por eso, los extremistas se valen del capital y el trabajo, herramientas bien manejadas por ellos para pisotear la dignidad humana.
La economía ha erigido muros invisibles entre los seres humanos, basados en la desigualdad, la exclusión y la competencia despiadada. El odio económico se expresa en la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno, en la normalización de la pobreza. Las estructuras globales priorizan la ganancia por encima de la vida, aun sabiendo que el dinero puede ser instrumento de grandeza personal, solo para quien lo sabe usar.
La religión, nacida del espíritu, ha sido secuestrada por el odio cuando se convierte en herramienta de exclusión. En la cara de la pobreza hay una mirada que conmueve y nos obliga a destruir el odio, pero esa mirada se ignora o se estigmatiza, y la espiritualidad se convierte en fanatismo.
El respeto por alguna religión, institucionalizada o no, es consecuente con la ética. Soy católico convencido desde que adquirí el uso de razón, el conocimiento y la experiencia. Comprendí el valor del servicio social, la pobreza, la equidad y, sobre todo, la humildad. El odio es un mal que ataca a personas preparadas y no preparadas que tropiezan con un poco de dinero, en especial mal habido.
En los gobiernos actuales, el eco del odio disfrazado de interés nacional invade todas las esferas. La guerra, lejana para unos y cotidiana para otros, se alimenta del olvido. El ser humano ha olvidado el mundo compartido y en ese olvido florece el odio, se marchita la empatía.
En resumen, el odio incendia las estructuras políticas, económicas y religiosas, impidiendo el bienestar social. Persiste en gobiernos que privilegian la ley bajo el capricho. Superarlo exige un nuevo pacto ético global fundado en la dignidad humana, donde haya espacio para diluir las estelas de odio dejadas por quienes nunca conocieron el verdadero precio del dinero, ni el valor de los beneficios sociales que se lograrían con su buen uso.
Quizás, en un rincón melancólico de la historia, quede la esperanza de vida digna. El odio no es destino, sino elección. Mirar el mundo desde la solidaridad que aún podría nacer entre los condenados por el odio generaría la fórmula para una paz integral: una revolución de principios, memoria activa y voluntad firme de ver al otro no como amenaza, sino como reflejo de uno mismo, pero sin el dominio de las brisas del odio.
La ley de la armonía nació cuando el hombre halló la fórmula para recuperar la convivencia social: santiguar al odio con el agua bendita del perdón.
Por: Fausto Cotes N.











