Líder. Hace muchos años que mi pariente Calmides Rafael Barros Pulido (q. e. p. d.) orientaba la ranchería Wayuu Aremassain. Un territorio guajiro que hace parte de la municipalidad de Manaure, aunque próxima a Riohacha, preservado a lo largo de generaciones en la región del Caribe colombiano.
Aremassain, guardando su tradición, es un escenario donde se dan cita la cultura indígena wayuu, sobre todo, y la moderna, un lugar en que los saberes artesanales, la dificultosa laboriosidad de la tierra yerma y las actividades familiares se entrelazan para sostener una forma de vida aprendida de sus inocultables adversidades, pero superadas por el tesón individual y comunitario de sus autóctonos. Conservando saberes, ritos y prácticas.
Labores. La artesanía es una de las labores más visibles de Aremassain. Sus tejidos y bordados, elaborados con hilos finos y colores que simbolizan elementos de su mundo natural, no son sólo objetos utilitarios o decorativos, sino portadores de significado, una jornada de trabajo, por ejemplo, o un viaje de a pie por caminos polvorientos tras manadas de chivos.
La actividad artesanal sostiene la economía local y fortalece la identidad colectiva, permitiendo que las nuevas generaciones aprendan a valorar sus saberes y a defender su autonomía.
La organización social de la ranchería se sostiene con lazos de parentescos y amistad.
Medio ambiente. El cuidado del entorno natural se mantiene mediante prácticas tradicionales que buscan equilibrar el uso de los recursos con la necesidad de conservarlos para sí y para las futuras generaciones. Este inteligente manejo comunitario es una muestra de la sabiduría wayuu para vivir en armonía con un territorio exigente. Y el buen ambiente ético comunitario estaba encomendado al líder político y mediador-palabrero, Calmides.
Educación. La educación y la memoria se entrelazan en Aremassain. Las nuevas generaciones aprenden no solo las materias escolares, sino también las reglas del mundo wayuu: el respeto por los mayores, la observancia del calendario de festividades.
La lengua wayuu, con su rica fonética y estructura, permanece viva, transmitiéndose de generación en generación.
Dignidad. Mi modesta semblanza de Aremassain y el recuerdo encarecido de su querendón líder, Calmides Rafael Barros Pulido, uno de sus principales habitantes, no estaría cabal sin reconocer la dignidad de todos sus comuneros. En cada rostro, en cada gesto de hospitalidad, se percibe la historia de un pueblo que ha conservado una forma de ser que se resiste a olvidar. La ranchería es memoria y futuro.
En ese magnífico espacio de la geografía de nuestra Guajira media creció y vivió mi pariente Calmides, descendiente de aquellos Barros portugueses que descendieron de su nave marítima en el improvisado puerto de Camarones hacia finales de 1700 y de los que me ocupé en una columna precedente.
A Calmides lo había visitado hace un año en su rancho El Cocal de Aremassain en compañía de parientes guajiros, entre ellos su entrañable amigo, Aldemar Ibarra Mejía, cuyo deceso precedió al suyo apenas breves días, hace aproximadamente un mes. Dos insustituibles personajes de la vida pública de La Guajira. En el momento de las sepulturas de ambos se hicieron repetidas salvas de honor (con balas de
verdad), como es de usanza en nuestro territorio ancestral, cuando se trata de inmortalizar la memoria de los ciudadanos bienhechores.
Por: Rodrigo López Barros.







