Hace algunos años le escuché al inolvidable Moisés Perea leer el texto de una carta que él había redactado para los reyes magos, la cual tenía como protagonista a un niño de extracción humilde que anhelaba recibir los regalos que tradicionalmente se reciben en esa época. Así lo recuerdo:
“Queridos reyes magos, yo soy un niño muy pobre, de familia pobre pero muy bien educado y respetuoso. Soy un excelente estudiante, gané el año con las mejores calificaciones de mi curso y nunca le he dado dolores de cabeza a mis padres porque la verdad es que yo me porto muy bien; los vecinos de mi barrio me aprecian porque nunca he roto el vidrio de una ventana pateando bola y tampoco me he trepado a una cerca para robarme los mangos de un patio ajeno.
Voy a misa todos los domingos y el cura de la parroquia a veces me pone a recoger la limosna porque sabe que soy incapaz de quedarme con una moneda de a centavo, por lo tanto esperaba que el niño Dios, por ser yo tan correcto, tan educado, tan juicioso, tan estudioso y respetuoso me trajera los regalos que yo le pedí para esta navidad que acaba de pasar, como eran una bicicleta, y un vestido de hombre araña con pegante y todo, pero la verdad es que me siento desconchinflado y traumatizado con lo que él me trajo.






