Una de las primeras consecuencias de las elecciones es que desnudan a las empresas encuestadoras con resultados que generalmente sorprenden. Lo único seguro antes de la elección del pasado domingo era que íbamos a segunda vuelta con dos candidatos que representan la derecha pura sangre y la izquierda radical. Pero las encuestas mostraban un panorama favorable al candidato de gobierno, tanto así que éste se durmió en la comodidad de los guarismos y terminó despertando ante la posibilidad de una derrota inesperada.
El triunfo de De La Espriella fue sorpresivo. Tenía que derrotar a la candidata de Uribe y vencer al candidato de gobierno sin el apoyo de los partidos tradicionales. Su ascendente campaña me recuerda la primera elección de Uribe, que pasó de un 2 % a un 12 % en un par de semanas y de ahí en adelante nadie lo pudo atajar.
Para que haya un gran vencedor se requiere de uno o varios vencidos y estas elecciones dejaron por lo menos tres grandes perdedores. Perdió Uribe, al apostar por una candidata que fue incapaz de impedir que los votos de la derecha migraran hacia Abelardo, quien mantuvo un discurso más crudo, sin importarle que lo que hablaba fuera políticamente correcto o no. Paloma se contrajo a su mínima expresión y solo logró retener los votantes más fieles a su mentor, alcanzando menos del 7 % del total de la votación.






