Ferretería Cesar, Rino Materiales, Burger King, El Rubí, Jeno’s Pizza, Efecty y otra veintena de empresas, franquicias y locales comerciales comparten la misma realidad; algunas debieron cerrar sus puertas después de décadas de estar operando en la ciudad, algunas de ellas con mucha tradición e historia, como es el caso de Ferretería Cesar, con casi sesenta años de existencia, lo cual debe causar en sus tradicionales dueños mucha tristeza al ver cómo un sueño empresarial forjado por el patriarca se desvanece frente a sus ojos.
Mientras muchas empresas sucumben ante las adversidades del mercado donde la principal causa es la falta de rentabilidad, el deterioro del flujo de caja y la gran presión de sus acreedores, principalmente el sector financiero y el laboral, en paralelo se vive todo lo opuesto a las que cierran: nuevas empresas abren operaciones en la ciudad desafiando esas mismas adversidades que las anteriores no pudieron sortear. Un amigo en alguna ocasión me decía que Valledupar era la ciudad más compleja para abrir un negocio, porque su comportamiento era absolutamente impredecible en cuanto a sus gustos y preferencias, ya que tranquilamente podíamos poner un sitio “de moda” durante seis meses y a la semana siguiente ignorarlo por completo e irnos de compras a otro lugar.
Pero vamos al tema que nos interesa y que es el grueso de esta columna, y para analizarlo debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿Qué tienen en común ambos grupos, es decir, tanto las que cierran como las que abren? Las primeras operan bajo las mismas reglas del mercado (oferta y demanda), sus dueños y fundadores son personas mayores de sesenta años y empezaron con negocios pequeños, son extremadamente reguladas, casi que perseguidas por el fisco, sus principales acreedores son el sistema financiero (bancos), su nivel de expansión fue casi ninguno —es decir, abrieron con una sede y fue la misma durante toda su historia— y, como detalle importante, fueron víctimas de la inseguridad y fenómenos como la extorsión.






