Cuando se mezcla ideología, ignorancia y desinformación se obtiene un cóctel bélico, pero el detonante mayor es la guerra de la desinformación, atizada por la ignorancia, enemigo número uno de la humanidad; es como añadirle combustible al fuego para que arda más la mecha de la confrontación, escenario que plantea reformas urgentes, pero a partir de la educación, la única con capacidades de reconstruir el tejido social en la faz mundial.
“La guerra de las armas siempre va precedida de la guerra de las lenguas”, frase que acuñó Henry Kissinger, ex secretario de Estado de los Estados Unidos, para rubricar que la lengua tanto puede ser espada como varita mágica, tiene igual poder para herir y matar, que para amar y sanar, según su uso, porque es el arma de todos los calibres, coloquialmente llamada la ‘sin hueso’, por demás incendiaria, cuando se deja arrastrar por la incontinencia verbal y la intolerancia, enemiga de la convivencia.
Capítulo especial merece la ideología política, que polariza, otro factor de división y confrontación, exacerbada por el fanatismo de izquierda y de derecha, el mismo engaño con diferente matiz, la misma novela con diferente protagonista, fundamento de un postulado reciente que hace carrera en el imaginario colectivo: “No hay uribistas ni petristas; no hay izquierda ni derecha; sólo existen corruptos sentados en el poder”. El imaginario colectivo es un concepto de las ciencias sociales acuñado en el año 1960 por Edgar Morin, que conecta con la mente y la realidad social.
Lealtades anunciadas y refrendadas, traiciones a la vuelta de la esquina; alianzas solemnes, celebradas y aplaudidas, se convierten en peleas, ese es el ADN de la política, antesala de una ideología que santifica o sataniza de acuerdo al bando político, sin dejar de estigmatizar, al vaivén del estrato social, porque lo que arriba se llama coalición, abajo se llama traición.
La calidad humana trasciende las barreras ideológicas, conforme los valores, que deben ser la premisa para gobernar bien, lo que implica hacerlo dentro de los principios constitucionales que rigen la administración pública, de igualdad, objetividad, meritocracia, moralidad, eficacia, economía, imparcialidad, transparencia, celeridad y publicidad, porque cuando los valores se invierten la sociedad se envilece.
La clave de un buen gobierno se basa en la honestidad, que es la virtud que ofrece respeto por uno mismo y por los demás, escribió Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, e ideólogo principal de la Declaración de Independencia, hombre de valores y principios que contribuyó a crear una sociedad más justa.
Bien acotaba el profesor Jaime Gómez Bolívar, de Sabanalarga (Atlántico), la tierra que negó Evaristo Surdís, con todos los pergaminos literarios que lo caracteriza, al deslindar la quintaesencia de la política, definida como ciencia de la conciencia, y no del negocio, como solemos rotular la politiquería ramplona, basada en el engaño y la trapisonda.
El afán es polarizar sin importar el impacto que pueda generar el comentario malintencionado y perverso que graduó al exministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels, caracterizado por emplear la exageración y desfiguración, vulgarización, orquestación y verosimilitud para desdibujar la imagen del contrario.
Se polariza en un contexto ciego y sordo de ideología perversa, turbia y cenagosa, plagada de artilugios, subterfugios, saltos elípticos e intrincadas maromas intelectuales, donde el derecho a disentir siempre se ve eclipsado por el irrespeto y la burla en una sociedad envilecida por la inversión de valores.
Por: Miguel Aroca Yepes.







