Colombia atraviesa una de las transiciones presidenciales más tensas de su historia reciente. Entre desobediencias, marchas convocadas desde el poder saliente y un presidente que suspende las mesas de empalme, el país asiste a un espectáculo que confirma lo de siempre: la politiquería no descansa ni en el momento en que más se necesita seriedad institucional. Mientras Gustavo Petro y Abelardo de la Espriella se enredan en un pulso de legitimidades y protagonismos, muchos colombianos observan (otra vez) cómo la clase política convierte el desarrollo de nuestro pais en un circo.
El problema de fondo es la instrumentalización. Cada bando toma la transición, la convierte en bandera, la usa para movilizar bases, para ganar un punto en la narrativa, para sostener relevancia mediática. No importa si el país pierde certidumbre económica, si los inversionistas dudan, si las instituciones se desgastan. Lo que importa es el titular de hoy. Esa es la vieja política: reactiva, ruidosa, centrada en el poder social y establecido. Y el elector, de nuevo, queda como espectador de una pelea que no resuelve nada, la seguridad, empleo, salud, como si nada.
Pero hay un hueco en ese relato de siempre, que vale la pena mirarla con cuidado. El fenómeno de Daniel Briceño, un exconcejal que renunció a su curul para hacerse elegir a la Cámara con la votación individual más alta del país, no se explica por maquinaria ni por el manual clásico del clientelismo. Se explica por algo más simple y más incómodo para la vieja guardia, el control político consistente, presencia constante y mensajes claros. Es, en el fondo, un caso de rigor técnico aplicado a la política.










