En el Cesar, los municipios de Bosconia y El Copey enfrentan un golpe silencioso, pero letal: el tránsito vehicular ya no podrá ingresar a su casco urbano. Todos los automotores, sin distinción, deberán desviarse por variantes pronto habilitadas. La medida, que busca aliviar los monumentales trancones (por esos lugares) de la carretera hacia la Costa Atlántica, se presenta como una solución técnica; sin embargo, en la práctica condena a estos pueblos a un declive económico progresivo.
El asunto no es menor. Quien ha recorrido esas vías sabe que el comercio local, las estaciones de gasolina, los restaurantes, las ventas informales —como los famosos chicharrones— y hasta los hoteles sencillos viven de los viajeros y transportadores. Allí radica buena parte de la economía municipal. Eliminar ese flujo es como cortar la savia de un árbol: el verde puede durar unos meses, pero la muerte es segura.
Es cierto que el tráfico pesado -particularmente tractomulas y vehículos de dos ejes o más- genera caos vial y congestión insoportable. Pero, ¿es necesario aplicar la misma medida a todos los vehículos? ¿Por qué un bus intermunicipal o un carro particular, que no generan la misma afectación, deben ser expulsados del casco urbano? Con esa generalización se pierde la oportunidad de armonizar movilidad y economía.
La solución no está en prohibir indiscriminadamente, sino en segmentar con criterio técnico. Una propuesta pragmática -idea que comparto con una mente de esas que iluminan con claridad serena- es restringir únicamente el ingreso de transporte de carga pesada, obligando que los demás vehículos -particulares, de servicio público y buses- sigan ingresando. Así se alivia el tránsito sin amputar la economía local.
Otra salida posible es diseñar zonas de servicios periféricas en las variantes: estaciones de combustible, restaurantes, centros de acopio y pequeños complejos comerciales. De ese modo, aunque los vehículos pesados no ingresen a los cascos urbanos, los aportes económicos se mantienen en el territorio. No sería la misma dinámica, pero evitaría la agonía total de los pueblos.
Incluso cabe considerar una fórmula mixta: establecer franjas horarias diferenciadas. La carga pesada podría cruzar por los cascos urbanos en la madrugada o en horas de menor flujo, mientras que el día quedaría habilitado para vehículos livianos. Con ello se disminuye la congestión, sin cerrar por completo la arteria económica que significa el paso por Bosconia y El Copey.
El debate, desde luego, no es fácil. Los habitantes quieren menos ruido y menos congestión; los comerciantes exigen mantener clientes; los transportadores reclaman servicios y facilidades. Pero una política pública debe equilibrar intereses, no sacrificar a unos en beneficio de otros.
Porque al final, cuando se cierran las vías no solo se tapan las calles: se cierran también las oportunidades de que dos pueblos, que durante décadas han sido punto de encuentro en el camino hacia la Costa, sigan respirando. ¡No los dejemos solos!
Por: Hugo Mendoza Guerra.






