El 5 de junio de 1892 nació mi abuelo, quien se educó en los Estados Unidos. Sus padres, de mentes progresistas y aprovechando las influencias de mi bisabuelo don Oscar Trespalacios Cabrales, a temprana edad lo enviaron a cursar estudios de educación superior en la Universidad de Brooklyn, en New York, optando por estudiar la carrera de Química Farmacéutica con especialidad en Jabonería y Curtiembres.
Viajó acompañado de sus primos Aníbal Guillermo Castro Monsalvo y Roberto Pavajeau Monsalvo (primer odontólogo que tuvo Valledupar).
Guillermo Castro, como buen Trespalacios, hizo honor a su genética masculina y en la ciudad de New York se enamoró de la señorita Ana Taylor, una linda americana, rubia de ojos claros, con quien contrajo matrimonio. Fruto de su amor, nació Any Castro Taylor, una linda niña de ojos azules de piel trigueña.
Al estallar la Primera Guerra Mundial, en 1914, planteó a su esposa fijar su domicilio en Valledupar. Ella, sin argumentos convincentes, rehusó la idea, dando pie a la separación, decide no acompañarlo en su viaje de regreso a Colombia y confirma quedarse en la ciudad de Nueva York.
El 31 de octubre de 1919 se casa en segundas nupcias con mi abuela Josefina Mercedes Castro Monsalvo. La pareja de esposos, igual que mis bisabuelos, Celso de Jesús Castro Baute y Ana del Rosario Trespalacios Araújo, envían a estudiar al extranjero a su hijo Celso, quien se matriculó en la facultad de Ingeniería de Petróleos en la Universidad Alberta ubicada en la provincia de Alberta en Canadá. Se obligó a retornar al país en 1945 tras la muerte súbita de su padre.
Con la inesperada ausencia de mi abuelo, quien violentamente muere a los 53 años, mi padre, como hermano mayor, queda a cargo de los bienes y de la responsabilidad de manejar el patrimonio familiar.
Pasado el duelo, mi tío insistió a su hermano Pepe que viajaran a la finca a inspeccionar los hatos ganaderos y contabilizar el ganado apastado en ellos.
Mi abuela de acuerdo, con la responsabilidad de los hijos varones, desde tempranas horas de la madrugada alistó el fogón que ardió con leña de brasil, preparó café y opíparo desayuno compuesto de leche hervida extraída de vaca recién ordeñada, arepa de queso azada, acompañada de carne molida y desmechada, bocachico frito, arepuelas con abundante anís y aguacate de Manaure.
Para llevar les entrega un envuelto que alojan en sus alforjas con 20 arepas de asiento, carne frita y chicharrón con bollo con queso, suero salao, yuca fresca extraída de la huerta casera y un galón de agua fresca del rio Guatapurí; para que los jóvenes vaqueros no padecieran de hambre y sed, por lo menos hasta que llegaran al sitio de reposo donde les tomaría el mediodía, en inmediaciones de la hacienda Villa Rosa, ubicada en las Sabanas de Mariangola, donde les asegurarían almuerzo abundante de carne salada oreada al sol.
Al pasar por las Sabanas del Diluvio, en dirección al hato “Los Alpes”, ubicado a orillas del río Lajas, mi padre Pepe Castro ya se encontraba fastidiado por cuanto Celso su hermano no había concluido el cuento empezado desde su salida de Valledupar, donde le relató la historia de un apasionado amor con una rubia de ojos verdes a quien un hombre vallenato cegado por amor le entregó todos sus bríos.
Mi padre avezado en cosas del amor y don Juan en asuntos de mujeres, venía fastidiado por cuanto Celso, no hacía sino halagar a la hermosa doncella y en extenso relato detalló el gran día cuando vio su rostro por primera vez, de lo dulce y amorosa que era, habló de la distinguida dama y del origen noble de su familia, de lo linda y hermosa, inteligente y virtuosa.
Mi padre sobresaltado, con el sol incandescente de las sabanas de Camperucho, con deseos de llegar a los Alpes; apretó fuertemente las piernas en las aletas de los estribos, ágilmente espuntó con sus espuelas la piel del Moro mular, quien recobró el brío sacudiendo sus piernas traseras y lanzando vientos al aire.
Por su parte, mi padre, bajándose la visera de su sombrero Stewsom, le dice: “Celso apura el paso que con tu paciencia ya voy escaldao… Yo por aquí en asuntos de mujeres no doy tanta vuelta, llevamos más de 12 horas cabalgando en extenuante jornada y todavía no sé si esa mujer se entregó a ti en apasionado amor. Estuvo contigo o no… Por ello en asuntos de mujeres no cambio a las morenas provincianas de Valencia, Aguas Blancas, Mariangola, Los Venaos y Camperucho que no dan tanta vuelta para emprender un furtivo y fogoso amor; tampoco doy tanta vuelta como tú, cuando en asuntos de mujeres me quiero enamorar”.
Por: Pedro Norberto Castro Araújo.







