COLUMNISTA

Armandito

Hace algunas semanas les contaba que conocí a Armando Benedetti por allá a finales de los 90, cuando ambos apoyábamos la campaña de María Isabel Rueda a la Cámara de Representantes por Bogotá.

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Hace algunas semanas les contaba que conocí a Armando Benedetti por allá a finales de los 90, cuando ambos apoyábamos la campaña de María Isabel Rueda a la Cámara de Representantes por Bogotá. Yo estudiaba Jurisprudencia en la Universidad del Rosario y él, para ese momento ya debía haber terminado Comunicación Social en la Javeriana. 

En las reuniones de la campaña, que sucedían en un edificio ubicado en la 100 con 15, nos veíamos las caras para generarle valor a la gestión de la periodista que, a la postre, llegó al Congreso. Dicho sea de paso, siempre me llamó la atención cómo Rueda lo llamaba Armandito, por el diminutivo de su nombre. Sus aportes no eran brillantes, de hecho, recuerdo que decía babosadas, tonterías; parecía estar ahí más por pesar de la entonces candidata que por méritos del barranquillero. 

Benedetti se ha impregnado de corrupción desde su juventud. Es hijo de un exministro de Samper, Armando Benedetti Jimeno, y eso ya dice mucho. Todo aquel que hizo parte de ese gobierno apoyó al ahijado del Cartel de Cali e hizo parte de uno de los gobiernos más corruptos de la historia, sólo superados por los de Juan Manuel Santos y el actual. Ese papá fue ministro de Comunicaciones y es recordado por ser uno de los nombres recurrentes en el proceso 8.000. El exministro estuvo relacionado con la recepción y distribución de dineros “calientes” en la Costa Caribe, ¿similitud o coincidencia? Ambos, el padre en el proceso 8.000 y su hijo en el 15.000 -por aquello de los 15 mil millones que afirmó haber gestionado para la campaña Petro con sus amigos mafiosos-, han manchado el mismo apellido; el primero se retiró y dedicó a tertuliar en “Quilla” y el segundo no ha podido dejar su adicción al poder, entre otras sustancias.

La llegada de Armandito al Ministerio del Interior es un pésimo mensaje para los colombianos: un corrupto, misógino, tramposo, será el encargado de las relaciones políticas internas del país. Será el llamado a permanecer en el Congreso durante las votaciones de las nefastas reformas que pretende adelantar Petro, mientras, al mejor estilo de predecesores como el fallecido Horacio Serpa, se sentará a repartir desde un computador la platica que le permitirá comprar las conciencias que este proyecto político necesita para sus entuertos. Pero, además, las muchas feministas del Pacto Histórico y miles de sus votantes, se tragarán este sapo: el tipo es maltratador, mal marido, así su actual esposa se haya retractado de las acusaciones que le elevó en Madrid hace tiempo.

Armandito es mal ser humano, es corrupto, mentiroso, es vicioso -todos sabemos que comparte estos gustos con su presi-, fantoche, hablador. Pero su casa de la Florida, en la que dicen exhibe miles de millones en finas piezas de arte, no es producto de la estupidez percibida por mí en sus años mozos, no señores. Su fortuna, porque el tipo la tiene toda, es producto de su astucia para arrimarse al palo que más sombra da. Fue uribista, santista, ahora es petrista y quién sabe cuántas filiaciones le faltarán. Lo que sí tengo claro es que no me gustaría tenerlo cerca, ni un poquito. Eso lo padecí hace más de 25 años porque me tocaba, pero ahora las cosas son diferentes, sabemos la clase de hampón que es. 

Lamentable su regreso a la política nacional, porque estaba de embajador ganando mucho por hacer nada, y sin duda alguna, el Pacto Histórico vive por esto sus más álgidos momentos. Todos están agarrados y los que le han lustrado los zapatos al presidente, ven cómo llega uno que pasa por encima de ellos y que, para colmo, les dirá qué hacer y cómo hacerlo. Para alquilar balcón. 

Mientras tanto, vale la pena recordarle al señor Petro unas sabias palabras de la gran Margaret Thatcher, la Dama de Hierro británica: “No existe dinero del Estado, lo que hay es dinero de los contribuyentes”. Petro no ha entendido el tema, el Estado no tiene un peso, sólo produce gastos y más en sus manos. La plata con la que él aspira a “cambiar a Colombia” proviene, en gran medida, de quienes no lo elegimos, de quienes lo combatimos. Curiosa la cosa, ¿no?

Por: Jorge Eduardo Ávila.

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