27 octubre, 2019

Arde Latinoamérica

En México, López Obrador, que había prometido independencia y dignidad nacional, cedió a las presiones de Estados Unidos por la migración masiva y terminó extorsionado por el narcotráfico, que lo obligó a liberar al hijo de “El Chapo” bajo la amenaza de un baño de sangre. En Argentina, ahogada en corrupción y crisis económica, regresa […]

En México, López Obrador, que había prometido independencia y dignidad nacional, cedió a las presiones de Estados Unidos por la migración masiva y terminó extorsionado por el narcotráfico, que lo obligó a liberar al hijo de “El Chapo” bajo la amenaza de un baño de sangre.

En Argentina, ahogada en corrupción y crisis económica, regresa el Socialismo Bolivariano con Alberto Fernández y ¡Cristina Kirchner! Entre tanto, acosado por la corrupción del Lava Jato y la censura internacional, que lo acusa del desastre amazónico, Bolsonaro se defiende frente a un país que mitifica a Lula y añora a Roussef.

Guatemala y Honduras no superan la violencia del posconflicto -cualquier parecido…- y protagonizan la migración masiva hacia Estados Unidos, en caravanas de acosados por la pobreza y la falta de oportunidades.

Cuba, Nicaragua, Venezuela y Bolivia son “demodictaduras bolivarianas”, donde las libertades solo están en el discurso que, en mala hora, fue suficiente para el reconocimiento miope de la ONU, aceptando a ¡Venezuela! en su Consejo de Derechos Humanos.

En Bolivia se encienden las protestas callejeras por el atropello electoral que atornilló a Evo en el poder, motivó la renuncia del vicepresidente del Consejo Electoral y la solicitud de segunda vuelta por parte de la OEA y la Unión Europea.

En Chile, país de mostrar en la región, un alza preestablecida por Ley en los precios del metro genera una ola de violencia que el analista local, Fernando Villegas, califica de un “ensayo general de insurrección” que no se explica por el descontento y tiene claros elementos de planeación, dirección, sincronización y participación de agitadores “profesionales, como los de nuestras marchas estudiantiles.

En Ecuador, los indígenas, infiltrados por la izquierda, como en Colombia, y aupados a distancia por Correa, levantan al país con violencia callejera y retienen policías y periodistas, en respuesta a medidas económicas del Gobierno.

¿Hay coincidencias con nuestra realidad? ¿Será que las manifestaciones estudiantiles, violentas, vandálicas y agresivas contra la Policía, y las de Fecode y las centrales obreras, obedecen a espontáneo descontento; no tienen que ver con la amenaza petrista de mantener al pueblo en la calle; no son apoyadas por el narcorégimen del vecindario y no buscan desestabilizar al gobierno Duque con el beneplácito ladino del “centrosantismo”?

Mucho me temo que sí. En Chile se detectaron seis agentes armados del SEBIN, y un comunicado de la OEA ratifica la participación de Cuba y Venezuela en la organización y financiación de la violencia en Chile y Ecuador.

Por ello, en este momento en que “arde Latinoamérica” y la inestabilidad política está a la orden del día con sospechosa sincronización continental, los colombianos debemos acercarnos a las urnas con responsabilidad y sentido de futuro.