Se acercan las elecciones territoriales y, con ellas, vuelve una frase que ya parece parte del paisaje político: “Todos los políticos son iguales”. La escuchamos en la calle, en las redes sociales, en las conversaciones familiares y hasta en quienes aseguran que ya no vale la pena votar. Pero hay algo que pocas veces nos preguntamos: ¿qué responsabilidad tenemos nosotros en la política que tanto criticamos?
Porque sí, los políticos tienen una enorme responsabilidad. Deben responder por sus decisiones, cumplir sus promesas y entender que gobernar no es un privilegio, sino una responsabilidad con millones de ciudadanos. Pero la democracia no termina cuando depositamos un voto en una urna. Tampoco comienza únicamente cuando aparece un candidato a pedirnos apoyo. También tenemos responsabilidad quienes votamos.
Nos hemos acostumbrado a elegir con demasiada facilidad. A veces pesa más un apellido que una trayectoria, una foto que una propuesta, un favor que un programa de gobierno. Nos indignamos con la corrupción, pero justificamos al candidato que “nos puede ayudar”. Exigimos resultados, pero no siempre nos tomamos el tiempo de investigar quién quiere llegar al poder, qué ha hecho antes, qué propone y, sobre todo, si tiene la capacidad para cumplir lo que promete.










