POR FERNANDO DAZA / ESPECIAL PARA EL PILÓN
En dos camas de un cuerpo, amorosamente unidas, dormía la familia Marín Corrales en aquellos difíciles días de 1999. Eran cuatro seres en un solo corazón, con un mismo pensamiento y las mismas penas compartidas. Dadas sus penurias, habían tenido que abandonar su residencia de alquiler en Ciudad Jardín y estaban ahora alojados en el barrio Los Ángeles, en una habitación tan modesta como reducida, gracias al auxilio oportuno de una tía incondicional.
Cada amanecer reiniciaba el sueño y la vigilia. Era una antinomia necesaria e impostergable que entre todos debían resolver, con los pies sobre la tierra y una mirada al cielo. Hernando José, con su guitarra bendita, hurgándole notas a la vida y a las penas, buscaba el sustento diario en los clubes sociales y tabernas populares de su viejo Valledupar del alma, donde arribaban curiosos del mundo entero a escudriñar los más ínfimos secretos de Francisco El Hombre.






