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Dinastía de fe: los cargueros y promeseros que mantienen vivo el Lunes de Santo Eccehomo en Valledupar

Testimonios de cargueros, devotos y vendedoras de milagros revelan cómo el Santo Eccehomo sigue marcando la vida de miles de vallenatos cada Lunes Santo en la plaza Alfonso López.

Primer plano del rostro del Santo Eccehomo, coronado de espinas y con la mirada serena. Foto: Said Armenta.

Primer plano del rostro del Santo Eccehomo, coronado de espinas y con la mirada serena. Foto: Said Armenta.

Por: Katlin

@el_pilon

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«Es solo un demonio detrás de ese pedazo de palo». La frase, lanzada en redes sociales, parecía rebotar este Lunes Santo sobre la misma plaza Alfonso López donde miles de vallenatos, lejos de ver demonios, se arrodillan cada año ante el Santo Eccehomo convencidos de que allí está, como ellos dicen, “papá Dios con nosotros”.

“Somos una dinastía de cargueros”

El primero en responder, sin alardes teológicos, es William Jiménez Galindo, cañaguatero, hijo de la dinastía Galindo y carguero desde hace casi una década. No habla de “pedazo de palo”, sino de herencia y de fe:“Soy carguero hace 9 años, esto viene de generación en generación. Mi papá fue nazareno 78 años y fue carguero, delegó su función en mis hermanos. Tengo un hermano, tres hijos y dos sobrinos cargueros. Todos estos que están, ese es hijo, aquel es sobrino, hermano, somos cargueros. Es una devoción que le debemos a Santo Eccehomo. Todos los vallenatos raizales que creemos en los milagros que ha hecho Santo Eccehomo nos postulamos y salimos elegidos como cargueros”, cuenta, mientras sostiene uno de los varales que soportan la pesada imagen.

La plaza Alfonso López se desborda de fieles que, con velas y pañuelos en alto, acompañan al Santo Eccehomo en el tradicional encuentro del Lunes Santo. Foto: Said Armenta.

La plaza Alfonso López se desborda de fieles que, con velas y pañuelos en alto, acompañan al Santo Eccehomo en el tradicional encuentro del Lunes Santo. Foto: Said Armenta.

En su relato, los milagros no se nombran como grandes portentos espectaculares, sino como una larga fidelidad silenciosa: “Milagros a la familia como tal, no, pero creemos tanto en él que mi mamá tiene 94 años y está como una pelada de 15. Mi papá murió de 88 años sin ninguna enfermedad, de un paro cardíaco. Fue el creador de la danza de los diablos, el capitán de la danza de los diablos… y los hijos míos han heredado también la capitanía. Tengo hijos nazarenos, diablo y carguero de Santo Eccehomo”.

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En medio de los 35 grados con sensación de 80 en la Plaza Alfonso López de Valledupar, William y los suyos cargan una historia familiar que se confunde con la historia de la ciudad: Nazarenos, diablos, cargueros y devotos que demuestran, con los hombros marcados y los pies cansados, que para ellos la imagen no es “un palo”, sino una manera concreta de caminar con Cristo por las calles.

“Créeme que es el mismo Dios, papá Dios que está aquí”

Alfonso Cárdenas es diaconal de la iglesia y habla como quien ha visto pasar al Santo Eccehomo tantas veces que ya lo siente parte suya, como la mano, como la pierna, como el corazón. “Yo me he criado ahí”, dice, y enseguida comienza a enumerar favores: el hijo que logró volver, el carro que reapareció después de tres años, y una experiencia que él solo sabe contar con palabras de asombro.

A los pies del Santo Eccehomo se acumulan exvotos y milagros de metal, ofrendas con las que los devotos agradecen favores recibidos y nuevas promesas cumplidas. Foto: Said Armenta.

A los pies del Santo Eccehomo se acumulan exvotos y milagros de metal, ofrendas con las que los devotos agradecen favores recibidos y nuevas promesas cumplidas. Foto: Said Armenta.

“Tuve un problema con un carro… tenía 3 años mi carro desaparecido y él me lo apareció el martes santo. El lunes le pedí y el martes… cosas patentes, cosas que han estado ahí, que son ciertas, como lo es cierto que va a estar aquí hoy”, relata. Pero no se queda en lo material. “Tuve la oportunidad de conocer a mi ángel de la guarda… aquí en la celebración me toca hacer ciertas actividades. Una vez tuve la presencia de un ángel, mi ángel de la guarda. Él estaba conmigo. Tanto así que a la semana le dije a mis hermanos… ellos me dijeron: ‘Pero si tú no hablaste con nadie en ningún momento’”.

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Alfonso no duda al cerrar su testimonio: “Créeme que es un santo, mismo Dios. Es papá Dios, es el papá Dios que está aquí con nosotros”. Mientras en redes se discute si la imagen es idolatría o superstición, él resume lo que muchos sienten hoy en la plaza: no adoran la madera, miran a través de ella al Jesús coronado de espinas que, según la fe católica, se hizo hombre y se dejó golpear por amor.

“El Señor de los Milagros me sanó”

Más allá del círculo de cargueros, Inés Carrillo avanza descalza entre la multitud. No viene a comentar un post, viene a pagar una promesa que le atraviesa la vida desde hace casi dos décadas. “Soy devota del Santo Eccehomo, el Señor de los Milagros, porque hace aproximadamente unos 19 años fui diagnosticada con cáncer en el cuello de la matriz, en el útero”, cuenta con voz firme. “Me hicieron quimio, me quería morir cuando me dijeron que yo tenía cáncer”.

La escena se mueve del hospital a la plaza: “Decidí venir aquí al Eccehomo, al Señor de los Milagros. Traje mi patología hasta acá, se la presenté a él y en el nombre del Señor de los Milagros yo le ofrecí que me curara, que me sanara y aquí estoy, a la gloria de Dios, aquí estoy”, dice, recordando que en ese momento su hija mayor tenía apenas tres años, hoy es una joven que la acompaña, la hidrata, le agradece al Eccehomo el haber crecido con al menos un padre.

Desde entonces no ha dejado de venir: “Sigo pagando pena porque no simplemente le pedí este solo milagro, sino que me ha hecho muchos milagros. Le pedí por un hermano que tenía detenido, me lo sacó. A mi esposo lo mataron, le pedí mucho a él que se hiciera justicia, se hizo justicia porque Dios no se queda con nada… Vengo a pedirle otro milagro que yo sé que con el favor de Dios me lo va a conceder”. Y deja un mensaje para quienes hoy sienten lo mismo que ella sintió: “Es lo que le digo a las mujeres que hoy en día tienen cáncer, que se animen. Que la fe mueve montañas. Y Dios sí existe. El Señor de los Milagros sí hace milagros. Eso es lo que le quiero decir”.

“Aquí se venden recuerdos, pero también se cuentan milagros”

En la periferia de la multitud, los puestos de “milagros” –pequeñas figuras de metal, medallas, estampas– forman otra especie de vía crucis. Raquel Caraballo lleva más de 20 años atendiendo a devotos en la plaza, viene desde Sincelejo cada año, vender milagros es su penitencia por los favores recibidos. “Hace años, año a año”, responde cuando se le pregunta desde cuándo ve milagros en este lugar. Sabe que muchos han cambiado de religión, pero insiste: “Los que son católicos vienen, vienen todos los años, los mismos”.

Bajo la luz de las velas y la luna, la imagen del Santo Eccehomo recorre en procesión las calles del centro de Valledupar, seguida por una multitud en silencio y oración. Foto: Said Armenta.

Bajo la luz de las velas y la luna, la imagen del Santo Eccehomo recorre en procesión las calles del centro de Valledupar, seguida por una multitud en silencio y oración. Foto: Said Armenta.

Sobre la mesa tiene milagros “para la bendición del hogar, para la enfermedad, para la prosperidad, para la abundancia, para la salud… de muchos motivos”. Y no solo vende: escucha. “La gente viene y me cuenta el favor que le pagó el santo. Una muchacha me dijo que tenía una pierna que se la iban a mochar, y ella le puso una piernita de oro, y después no le cortaron la pierna. Ella da testimonio”, afirma. También ella cree: “Yo tengo mi mamá enferma y ella se ha recuperado bastante. No caminaba. Siempre le pongo un milagrito y siempre que vengo, todos los años…”.

Entre el teclado y la plaza

Mientras en la pantalla alguien escribe que el Santo Eccehomo es “un demonio detrás de un pedazo de palo”, en la plaza Alfonso López un carguero sostiene el anda que cargó su padre, una mujer recuerda que venció el cáncer y una vendedora de milagros escucha cómo una devota cuenta que salvó su pierna.

Al caer la tarde, cuando la imagen coronada de espinas regresa a la catedral y la multitud empieza a dispersarse, quedan dos realidades que conviven: la del debate virtual y la de la fe encarnada en promesas, lágrimas y pasos descalzos. Entre una y otra, Valledupar parece tener claro de qué lado late su corazón cada Lunes Santo.

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