25 mayo, 2020

Una historia siniestra

La claridad del alba se colaba por un ojo de buey de su casona de Popayán, cuando don Pedro López Crespo y Bustamante se levantó de su silla de vaqueta y dio pasos para desentumecer las piernas. La luz del día sorprendió a la luz de su candil sobre su mesa de trabajo en la […]

La claridad del alba se colaba por un ojo de buey de su casona de Popayán, cuando don Pedro López Crespo y Bustamante se levantó de su silla de vaqueta y dio pasos para desentumecer las piernas. La luz del día sorprendió a la luz de su candil sobre su mesa de trabajo en la tarea de revisar libros de cuentas para dejar a derechas el inventario de sus bienes y deudas. Iría a tierra lontana con los riesgos crecidos que eso suponía frente a una recua por los senderos retorcidos de la cordillera entre diluvios sin tiempo que haría la tierra resbaladiza al borde de derrocaderos con bruma, el posible encuentro con salteadores de caminos que con sus machetes corvejeros robaban y asesinaban viajeros. Después alcanzaría el rio barroso de La Magdalena que lo arrastraría en barquetas entre el vaho maloliente de las ciénagas acompasado con el canto adolorido de los bogas, con la selva de lado y lado, donde acechaban los ojos vidriosos de las fieras entre enjambre de mosquitos que enloquecen, hasta llegar al calor ahogante de Cartagena. Luego vendría el mar donde podrían aparecer velas piratas y huracanes de naufragio. Sólo después, si el Cristo de la Veracruz lo permitía, llegaría a la isla de Jamaica.

Además le roía la inquietud de separarse de su bella y joven esposa a quien dejaba al cuidado de su parentela y del apoyo de su compañero de negocios. Ahora, antes de la hora meridiana, resonó sus botas con paso ligero para llegar a casa del escribano real y trazar la firma de su testamento. Después iría al convento de San Francisco donde cada viernes se reclinaba en un confesionario para denunciar sus flaquezas humanas y dejar una limosna en rutilantes monedas de a real.

Popayán en esos tiempos de 1769, dormitaba en la rutina de todos los días, sin mayores alteraciones en el reposo de sus casonas y calles. Alguna boda de mucha pompa entre rancias familias que se emparentaban siempre; las procesiones de tallas quiteñas en la Semana Mayor, algún baile de minué o sarao escanciado con buen vino, paradas vistosas de la guardia real; tañidos de campanas de templos y conventos; discusiones de negocios y ventas de esclavos en pública subasta, son los aconteceres menudos que dan alma a comentarios de la gente del lugar.  De vez en cuando llegaban noticias gordas que traían los muleros del correo sobre las distantes guerras de Europa, la llegada de un virrey, el nacimiento de un príncipe, la muerte de un papa, algún asalto de piratas en el Caribe, la llegada de los galeones a Cartagena de indias o el naufragio de un buque. Esos grandes sucesos prendían animada charla en ese núcleo humano con arraigos místicos y de usos sociales sin remudas.

Don Pedro López Crespo de Bustamante disolvía allí su existencia simple en asuntos mercantiles con su socio Pedro Hermenegildo García de Lemus, que achicando patronímicos diremos Pedro Crespo y Pedro Lemus, compañeros de pérdidas y ganancias con casa de comercio, la más renombrada de aquella comarca, cuyo surtido iba desde pellones, quesos, cueros y aperos de Calipachí, hasta las telas de texturas finas, mantillas, capas y jubones, calzas y perfumes de esencias europeas.

Había fundado hogar Pedro Lemus con Juana María Hurtado y Arboleda con antepasados de altas campanillas y títulos heráldicos. Pedro Crespo había contraído enlace con la no menos linajuda dama Dionisia de Mosquera y Bonilla, emparentada con mucha gente de rango por varias generaciones de muy atrás. Cuando debían proveerse de mercancía, alguno de los Pedros emprendía viaje hacia puntos distantes como Quito, Lima, Las Antillas y puertos del Caribe. Le tocaba la ocasión a Pedro Crespo. Ajetreos afanosos por motivo de tal viaje había en la casona de éste. En las cuadras y traspatio de los equinos, un grupo de negros atendía el recaudo de esterillas, cabezales, costales, arneses, sillones de carga. En los corredores de arcadas mora, doña Dionisia frente a las esclavas repujaba baúles con cobijas, sales y remedios, matalotaje casero y demás enseres para un viaje duradero.

Dejaba pues, don Pedro Crespo, al cuidado de su hacienda y de su hogar a su socio. Le dolía dejar a su esposa de veinticinco primaveras, lozana y amable, y aun cuando sabía que ella por señorío y creencia de religión era un torreón de granito para resistir tentaciones en su ausencia, sentía a ratos, los pinchazos de una tenue duda que lo inquietaba. Una mañana se va don Pedro Crespo cuando las campanas de los conventos daban el toque para la oración de los maitines. Su esposa, con el alma quebrantada de dolor, no sale a despedirlo y desde la rejilla de la ventana, con un pañuelo blanco que seca sus lágrimas, presencia su partida. Un último adiós agita su mano.

Mimos y atentos cuidados supo dar don Pedro Lemus a doña Dionisia, desgarrada de pena y metida en las paredes de sus aposentos. Había jurado enterrarse viva en ausencia de su esposo. Antes de que el sol apareciera iba a la misa de las Carmelitas para no ser vista por ningún allegado.  De la palabra cariñosa y afable de don Pedro, cuando iba a hacerle visita para tomar cuidado de su atención, hubo algún tránsito de lisonja y galantería. De allí, sin intenciones torcidas él le decía al oído algún halago que con el tiempo se volvió un requerimiento amoroso. Correspondido Lemus en ese juego de devaneos, se dio pie para que entre ellos fuera creciendo un entendimiento discreto.

Fue en la casona campestre de los Velazco, en una fiesta, donde se puso al descubierto la maliciosa simpatía de ambos.  Al convite ella se había excusado por su doliente recogimiento, pero insistida por sus parientes y por don Pedro Lemus, extrajo de su ropero un vestido de fiesta protegido de las polillas con polvos de pimienta. En tal ágape don Pedro la sigue con la mirada y le pone caza a la ocasión de encontrarla en los corredores y salones. Muchos de los asistentes fisgaron tal situación, pero aún había la excusa de un atento albacea para cubrir de atenciones a la dama de un amigo distante.

Una pasión desorbitada y terrible nació entre ellos. Las negras sirvientes de doña Dionisia notan pequeños achaques en ella. La pasión ha dejado un fruto que se prendió en su vientre. Es evidente un embarazo.

De Pedro, el ausente, casi no llegan noticias. La imaginación vuela con el deseo de percances que alimentan la idea de suponerlo muerto, sería una feliz solución. Un día la recua del correo trajo la temida carta. Desde una playa antillana Pedro Crespo, en renglones que rebosaban alegría, anunciaba su regreso.  Había que actuar ligero, la mente llena de furores pasionales da la solución: ¡Había que asesinar!

El tiempo se acorta. Pedro Crespo ya está en Nuevo Reino de Granada, según la última carta, La preñez de Dionisia avanza y no sale de su alcoba para que el comentario no corra, el camino es largo y en cualquier hondonada, en un despeñadero serrano, o en la calina de los páramos, el puñal de los esclavos Fuche, Perdomo y Fernández tendrán ocasión a cambio de una parcela de tierra, una dádiva o la manumisión de la esclavitud, cuando ellos vayan al encuentro del amo que regresa. Un día, en una revuelta de la cordillera, las dos comitivas se encuentran.

Pedro Crespo, en un arrebato de contentura por el encuentro con sus negros, allí mismo les da la libertad y los colma de regalos. Los concertados dudan y se les ablanda el designio criminal. El amo Crespo ya olfatea los paisajes del terruño y manda a apurar el paso para las jornadas que faltan. Pronto hay barullo en la casa. Los sirvientes descargan mulas, baúles y fardos. Doña Dionisia con el pretexto de un mal que la aquejaba, estaba arrebujada en sabanas para ocultarle a su esposo su estado de vientre crecido.

Fue un día de enero de 1770, Pedro Crespo dormita la siesta en la placidez del hogar sobre un sillón frailero en un pasillo de su casa. Manos diestras en las faenas de vaquería lo sorprenden. Los esclavos obedientes a una orden sin réplica, le anudan el cuello con un rejo hasta que sus ojos estuvieron saltones y su cara tomó el color violeta de los estrangulados. Bramaba un aguacero que caía sobre la ciudad en aquellas horas. De un corral vecino se arrancó un cuerno a un toro por la cepa y con éste se empitonó el pecho sin vida de Crespo. Luego fue sacado de la casa con sigilo y tirado a plena calle. Se oyen gritos desgarrados. Es doña Dionisia que pide auxilio clamando a voz de grito que su esposo ha perecido por defenderla de la embestida de un astado.

Todo hubiere terminado con la misa y las exequias. Pero la malicia no sólo era indígena sino castellana. Los alguaciles indagan sobre algunas señas de una soga que anilla el cuello del fallecido, el recelo toma cuerpo y conmociona una ciudad que sigue paso a paso el horroroso homicidio con una mezcla de compasión y curiosidad malsana y hasta el goce vil de ver el hundimiento en la afrenta a cuatro apellidos que con orgullo de casta lucían añejos abolengos.

Los amantes hacen valer sus fueros de principales para dilatar términos y torcer la pesquisa. Los esclavos reciben latigazos de la justicia y se les cuelga de los pies. Entonces se supo toda la verdad. La causa terminó por ser oficiada en la Audiencia de Quito y revisada por la Real Provisión del Rey Carlos III. Se dispuso el descuartizamiento para los esclavos culpables y para él y ella la pena de horca.

Lemus huye a casco de caballo después de una declaración de inocencia que hizo ante sus parientes los Hurtado, Barahona, e Hidalgo de Aracena. Vagará como una sombra roída de culpa por Ocaña, San Gil y Las Antillas. Su madre, la encopetada doña Teresa de Ante y Mendoza, poco después muere agobiada por tal pena.

Algún día regresaría don Pedro Lemus lleno de arrugas cuando ya había prescrito su pena. Su esposa volvería a verlo cuando sus dos hijos varones ya eran hombres, y una hija monja en el claustro de El Carmen.

Dionisia, hundida en su propia tragedia, se refugia en el claustro de las monjas Carmelitas. Una madrugada, antes del canto de los gallos, sale del monasterio sobre una mula mansa, con el vientre abultado. Toma, en compañía de un peón de estribo, el camino de Caloto, a un curato de su hermano el reverendo Francisco Mosquera y Bonilla. Allí, oculta en una casucha pajiza, fue doña Dionisia a esconder su vergüenza.

Acaso 30 años databan de tales sucesos, cuando un solitario viajero, con sus nudillos llamó a la puerta de un rancho caminero. Estaba encorvado por el peso de su edad de 70 años. Tal vez pediría posada por una noche. Abierta la puerta, se enteró por quien lo hizo, que ahí estaba una mujer en estado de suma gravedad. Consultado sobre algún remedio para el mal de ella, llegó hasta el borde de la cama, cuando lo estremeció el grito que decía su nombre. Era ella… Dionisia, y él…Pedro Lemus.

Algunas frases torpes pudieron escaparse de ambos, y él, después de hacer algunas indicaciones apuradas de algún remedio para el mal de ella, se puso en camino a Popayán, pronunciando monosílabos como un hombre de mente extraviada.

El fruto de aquellos torpes amores, fue una niña Ana María, que por las circunstancias de su nacimiento se creó inculta en Caloto entre los peones de las haciendas. Ella a su vez tuvo un hijo de José Iragorri, un hombre rico en hatos y rebaños, sin bendición de matrimonio. Tal hijo, rubio y bien parecido, fue adoptado a los dos años de edad por Juan Luis de Velásquez y Obando del Castillo Frías, y su esposa Agustina del Campo y López, un matrimonio de españoles acaudalados que no tenían hijos y que vivían en una casona de la Calle del Empedrado de Popayán. Ese niño sería José María Obando, general de la Independencia y presidente de Colombia.

Por Rodolfo Ortega Montero | EL PILÓN