William era un hombre culto, muy fanático de la botánica, y especialmente le encantaba dar paseos por bosques tan singulares como su propia existencia.
Nunca pensé demasiado en ese gato hasta que comencé a escribir. Lo había encontrado entre unas cajas. Estaba mojado y temblando, tenía un pelaje completamente negro, excepto por una mancha blanca situada en su pecho.
Esta crónica se adentra en el corazón de esos relatos inmortales: los mitos y leyendas que, generación tras generación, siguen tejiendo el tapiz invisible de nuestra identidad. Prepárense para cruzar el umbral donde la ficción se confronta así misma y el miedo es la única regla.