Una mañana de 1760, William Hall se despertó en una pequeña cabaña de un bosque desconocido. Amaneció con los ojos rojos y un poco mareado, pensando que todo era un sueño, que el lugar donde se encontraba era demasiado extraño, ya que no recordaba haber tomado esa ruta en su recorrido habitual.
William era un hombre culto, muy fanático de la botánica, y especialmente le encantaba dar paseos por bosques tan singulares como su propia existencia. Él sabía que todo aquello tenía un riesgo, porque adentrarse a un bosque sin la compañía de un buen camarada que te ayude a sobrevivir podía traer demasiados problemas.
Aquel día, después de tomar un café, empezó su travesía como de costumbre. Sin embargo, la suave brisa y el olor de las flores lo hicieron caminar más de lo normal, llevando sus pasos hasta el borde del bosque Witsman’s. Después de pensar qué hacer, decidió adentrarse en este. El ambiente allí se sentía denso y algo tenebroso, como si le estuviera diciendo que todo aquello era un desastre y debía seguir con precaución. Sintió escalofríos al ver el cuerpo de un ciervo abierto a la mitad, como si un tigre lo hubiese destripado.








