Nunca pensé demasiado en ese gato hasta que comencé a escribir. Lo había encontrado entre unas cajas. Estaba mojado y temblando, tenía un pelaje completamente negro, excepto por una mancha blanca situada en su pecho. Me lo llevé a casa, ya que sabía que no tenía a dónde ir. Durante un tiempo fue un animal tranquilo, dormía en mi cama y me seguía por las habitaciones, con esa fidelidad silenciosa que tienen los animales cuando aún no han aprendido a desconfiar de las personas. Daba igual, yo tampoco desconfiaba de él.
Entonces comencé a escribir. No lo hacía por placer; quería algo que pudiera mostrar ante el mundo, algo que demostrara que yo era diferente. Cada página que terminaba, a mi vista, era tan mediocre después de imaginar lo que otros podían hacer con ella. El gato se acostumbró a encontrarme despierto hasta tarde. Yo solo llenaba hojas y hojas; él solo dormía.
Una noche, después de tirar el cuarto borrador de la misma historia, vi una frase en el papel que no recordé haber escrito: «Hay cosas que uno aprende a odiar por parecerse a uno mismo». La arranqué. A la mañana siguiente apareció otra vez sobre mi escritorio. En ese momento pensé que había olvidado una copia. ¡La quemé! Al día siguiente, nuevamente. Entonces decidí empezar a vigilar al gato. No era porque creyera que pudiera escribir, sino porque sentía que tenía que culpar a alguien.











