EL VALLENATO

El gran Emiro Zuleta

Convencido que no era compositor vallenato, sino que las musas le dictaban canciones a manera de un médium, poseído por la nostalgia, Emiro Alfonso Zuleta Calderón impregnó de poesía su obra musical.

Emiro Alfonso Zuleta Calderón (q. e. p. d.).

Emiro Alfonso Zuleta Calderón (q. e. p. d.).

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Convencido que no era compositor vallenato, sino que las musas le dictaban canciones a manera de un médium, poseído por la nostalgia, Emiro Alfonso Zuleta Calderón impregnó de poesía su obra musical, para que su grandeza sea cada vez más grande, posesionándose en el Olimpo de los clásicos, del que muy seguramente tendrá que nutrirse la música vallenata hasta alcanzar la inmortalidad.

Emiro Zuleta desde muy joven mostró sus inclinaciones artísticas. Fue en La Envidia, finca familiar donde nació y se materializó un sentimiento, donde ancló una pasión musical desde cuando era un muchacho. Su obra se estructuró en la alineación de muchos factores, cuenta que todo nació “a partir de que me fui de la tierra, hice mi pre kínder y kínder en Hatonuevo, allí veía de lejos a un señor que debía tener unos veinticinco años, un cieguito, que en un taburete tocaba todas las tardes su dulzaina, cuando me acercaba él sabía que yo estaba ahí pero nunca hablamos, después supe que se había ido y mucho más tarde supe que era Leandro Díaz”.

Nació como compositor inspirado por una hermosa barranquillera de ojos verdes, Judith Toro, su amor platónico, luego en una parranda de amigos ‘pacíficos’, el día anterior a su viaje a Bogotá, Jaime Zuleta Gutiérrez, más conocido como ‘El Mécano’ y quien fuera tiempo después guacharaquero de los Hermanos López, le regaló una hermosa dulzaina, compañera fiel en su odisea dentro de un tan ruidoso como incómodo avión, allí nació su segunda canción titulada ‘Mi Viaje’, aún inédita.    

¿Será que si me subo a Monserrate veo a La Paz de ahí?, era la pregunta que le dictaba la nostalgia en el Parque de los Periodistas en Bogotá. Ahí nació ‘La Paz es mi pueblo’, primera canción vallenata dedicada a una población. Luego vino ‘Diciembre alegre’, en medio del desarraigo cuando por motivos de trabajo no pudo llegar hasta su pueblo a pasar Navidad. Y así, en medio de la nostalgia y el romanticismo, su corazón encontraba alivio en cada canción que le dictaban sus musas. Llenó de sentimiento la narrativa vallenata.

Fue en esa época cuando lo visitó Jorge Oñate, el propósito era pedirle autorización para grabar alguna de sus canciones, Emiro al escuchar ese portento de voz solo atinó a decirle que podía grabarlas todas, ahí nació una indivisible simbiosis entre cantante y compositor, la cual le dio identidad a la supremacía del cantante que impuso Oñate. En el primer trabajo discográfico de Jorge con los Hermanos López, aparecieron cuatro obras de su autoría: ‘Diciembre alegre’, ‘Vámonos compañera’, ‘La Paz’ y ‘Recuerdos’. 

Ahí ya estaba casado con Amparo Díaz, ibaguereña de padre chocoano, quien fuera la musa de muchas canciones, infortunadamente tiempo después pero muy pronto, la eternidad la reclamó y su ausencia tomó cuerpo de canción, nuevamente le fueron grabadas cuatro canciones, imponiendo un record no superado. ‘A través de los años’, ‘Amor ardiente’, ‘Desde la capital’ y ‘Adiós amor’, en el que se hizo una promesa “en la sonrisa noble de tus hijos que hasta la muerte espero yo tener, porque Alberto junto con Leonardo quedó grabado parte de tu ser… y enterita tú quedaste en Mónica que es mujer”.

El amor volvió a tocar su puerta, María Antonieta se encargó de sanar el dolor e inspiró muchas canciones, pero en especial uno de los grandes clásicos de la música vallenata, ‘Igual que aquella noche’. Nunca le contó a su amada la magnitud de la obra que estaba haciendo y mucho menos que Jorge Oñate y ‘Colacho’ Mendoza la habían grabado. Cuál sería la sorpresa de ella, cuando en la misma casa campestre, donde hace dos años en una Semana Santa se habían conocido, llegó Emiro con un acetato que inmortalizaría ese profundo sentimiento, para impactarla como ocurrió “esa noche que no olvida Emiro Zuleta”.

Hoy Emiro quiere gritar, quiere cantar, pero a su manera, como un día cantó, como un día gritó, los cantos en su tierra, los cantos de su raza. Constantemente sintió el reclamo de un acordeón y quiso tener alas para volar, no parar el vuelo hasta no encontrarse en La Paz. Ahora está para siempre en su tierra, entre nosotros, a cumplir lo que dijo en su canción, ‘Ganas de gritar’, “si algún día vuelvo a La Paz, allí sí yo cantaré, entonces desahogaré, esas ganas de gritar”. Gracias, muchas gracias Emiro. Fuerte abrazo. 

Por Antonio María Araújo Calderón

amaraujo3@hotmail.com

@antoniomariaA

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