Su voz lo llevó a conocer al que sería uno de los icónicos de la selección de fútbol de su país. Un día, ayudado por la reverberación de las cuatro paredes donde cualquiera puede ser cantante, un desconocido lo escuchó cantar. Estaba en la ducha de un hostal en Buenos Aires donde vivía. Aquel extraño era un argentino con raíces de su tierra.
Pedro Llerena se convertiría en su amigo personal. Luego de acercarse al hostal, lo invitó a un restaurante insignia en la capital argentina, en el barrio Palermo, punto de encuentro de artistas y futbolistas colombianos por su gastronomía típica donde ofrecían desde la empanada hasta la bandeja paisa. La invitación hasta ese sitio tenía el propósito de que Yin López trabajara allí como cantante.
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