2 mayo, 2020

Organizadores de eventos: los otros huérfanos del Festival Vallenato

Este año los organizadores de eventos en casetas y sitios públicos, tradición festivalera que atrae a locales y foráneos, sufrieron la cancelación del mayor evento de la región.

Así lució la plaza Alfonso López la última vez que tuvo gente que esperaba ansiosa escuchar
las notas de los acordeones.

FOTO/JOAQUÍN RAMÍREZ.

Cada año, para el mes de abril, las casetas se llenaban de colorido para recibir a vallenatos y turistas que en pleno Festival de la Leyenda Vallenata buscaban sitios tradicionales para disfrutar de un rato agradable. Con el Festival también iniciaba una competencia entre las casetas: ninguna quería quedarse relegada, por eso, sus dueños siempre hacían labores titánicas para traer al artista de moda.

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Del otro lado de la calle, empresarios del sector organizaban las famosas verbenas, fiestas que se hacían en las calles con unos grandes parlantes (dos y hasta cuatro metros de altura) llamados pickups y que sonaban con una fuerza estruendosa. El que ofreciera el mejor sonido y potencia era el más contratado en épocas de Festival.

Los pickups fueron aparatos que en las épocas de festival eran muy
reconocidos y las fiestas estaban acompañadas por la música de
estás moles de madera. FOTO/CORTESÍA.

Álvaro Mendoza ha dedicado más de seis años a la elaboración de estos dispositivos de sonido. En épocas de Festival Vallenato las ganancias eran mayores a lo que podía hacer en el resto del año, ya que, en una sola noche, Mendoza podía recaudar entre $400 a 600 mil pesos, dependiendo cuántos toques hacía o para qué cliente.

Sin duda, uno de los patriarcas de esta actividad es Franky Zapata, quien desde hace más de 30 años ha vivido de la fabricación de los pickups. Desde el barrio Siete de Agosto, fue uno de los pioneros de las verbenas y las casetas en la ciudad, alegrando a la gente con el sonido de sus estruendosos parlantes.

“Anteriormente, sobre todo para la época de Festival Vallenato, sacábamos a relucir nuestros pickups y competíamos contra gente de otros barrios, eran eventos bonitos porque las personas compartían, bailaban. Unos iban a la Plaza Alfonso López y otros volvían para amanecer, pero ahora con la cantidad de leyes que existen ya no se puede hacer fiestas de verbena”, contó Zapata.

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Aunque no recuerda cifras exactas, el veterano fabricante coincide en que las épocas de finales de abril son las de mayores ganancias, ya sea en la venta de equipos, en el alquiler de los mismos o en organización de eventos.

Y es que la afición picotera era tal que fabricantes de Barranquilla y Cartagena llegaban para mostrar sus ‘moles’ para diversión de los que no podían ir a disfrutar el Festival o simplemente querían quedarse bailando al ritmo de la música que retumbaba hasta por diez cuadras a la redonda.

Recuerdo que para un festival vino el Pickup ‘Skorpion’ y esa vez nos enfrentamos y la pelea musical estuvo ‘removida’, pero la gente se gozó aquella noche y salieron contentos. Ya infortunadamente eso no se ve, esas batallas en las verbenas quedaron en el pasado, ahora tienen hasta otro nombre”, agregó.

Así lucían las fiestas en las que el pickups era el protagonista gracias a su potente sonido y buena música. FOTO/CORTESÍA.

LA MODERNIZACIÓN FIESTERA

Pero las normas cambian y las tradiciones también. Con el tiempo fueron surgiendo los organizadores de espectáculos, quienes alquilaban estos sitios para llevar la diversión musical “a otro nivel con los artistas de moda o los más reconocidos”.

Pero algunas costumbres cambiaron y aunque las famosas casetas seguían (y siguen) luchando por no quedar como una página en la historia de la Valledupar folclórica, era inminente la transformación.

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Poco a poco fueron apareciendo ideas alternativas desde los organizadores de eventos que en su afán por demostrar, cada año en Festival, quien realizaba el mejor espectáculo cambiaron las formas de celebrar y le abrieron las puertas a eventos más empresariales que comunitarios. La idea siempre fue jalonar más público.

En la memoria local persiste el épico encuentro en ‘Piedras Azules’ entre dos artistas de la cumbre de la música vallenata: Peter Manjarrez y Silvestre Dangond, quienes entonaron sus mejores canciones en un evento a doble tarima y que dejó sin alientos a ‘piteristas’ y ‘silvestritas’. Esa noche de Festival Valledupar fue testigo del primer mano a mano de estos colosos del vallenato, evento organizado por Lacides ‘El Negro’ Solís y su hermano Erick Gerónimo Solís, dos empresarios de eventos.

Tan reconocidos como un artista vallenato, estos hermanos han dedicado gran parte de su vida a la dirección de eventos, por eso, son voces autorizadas para hablar sobre las pérdidas causadas por la no realización del Festival Vallenato ante el estado de emergencia decretado por el Gobierno nacional para evitar la propagación de la covid-19.

Y es que los estragos del virus, catalogado como pandemia, tocó las fibras más profundas del Festival Vallenato obligando a su postergación, lo que significó un golpe duro, principalmente, para los organizadores de eventos musicales quienes, aseguran, ya tenían un buen tramo de labores adelantadas y dinero invertido en la estructura de las fiestas e incluso en el anticipo de pago a artistas.

“POR AMOR AL FOLCLOR”

Con más de quince años de actividad ininterrumpida, la ‘Noche de Compositores’ es otro evento huérfano del Festival Vallenato. La cita donde se reúnen los mejores compositores de la música vallenata es organizada por Romualdo Brito, quien explica, que a pesar que no es un evento rentable, lo sigue impulsando por amor a la música vallenata tradicional.

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Y es que más que comercial y el tema monetario, en eventos como los organizados por Romualdo Brito concurren quienes dieron vida al género más popular de la región. En esas tradicionales noches se podían ver en la tarima a compositores como Emiliano Zuleta, Sergio Moya Molina, Marciano Martínez, Reinaldo ‘Chuto’ Díaz, entre otros.

En medio del Festival, el evento concentra bohemios, nostálgicos y apasionados que avivan recuerdos y emociones escuchando las mejores obras de los compositores. Una tradición que nunca se había suspendido y que este año dejó un vacío enorme y corazones llenos de nostalgia entre los que tenían pensado regresar al pasado en una noche protagonizada por los “padres del género”.

HUBO PÉRDIDAS

Como en 1987, cuando el maestro ‘Alejo’ Durán dio un paso en falso, muchos organizadores de eventos ya tenían todo listo incluso antes de que se diera a conocer la pandemia de la covid-19 que obligó a suspender todo encuentro masivo.

Uno de esos organizadores es Lacides ‘El Negro’ Solís, quien ya tenía invertido una cifra cercana a los $35 millones en menesteres como silletería, impuestos, permisos, entre otros pequeños gastos. Lo cierto es que la fiesta picotera que organizaba el popular ‘Negro’ Solís este año no pudo ser disfrutada como se venía haciendo ininterrumpidamente durante 14 años.

Las pérdidas son millonarias”, dice Erik Gerónimo Solís como representante de los artistas de la música vallenata Ana María del Castillo y Omar Geles Suarez. Entre ambos tenían programadas 14 presentaciones, incluso en el cierre del Festival Vallenato.

El año 2020 pasará a la historia, de forma negativa, porque un virus fue capaz de silenciar los acordeones, apagar las voces de los cantantes y dejar vacías la tarima del Parque de la Leyenda Vallenata donde llegaban los más encopetados competidores.

Perdimos como ciudad folclórica y perdió la economía del empresario y del pequeño vendedor quienes multiplicaban ganancias en la fiesta más importante de la capital del Cesar. Ahora el desafío es reinventarnos y retornar más fuerte.

Por: Robert Cadavid / EL PILÓN