Ernesto Orozco nos repitió muchas veces que él era la persona indicada para gobernar Valledupar. Su principal carta de presentación era su capacidad administrativa, la experiencia para gerenciar y la promesa de poner la casa en orden: “Ernesto arregla esto”. Y cuando un candidato insiste tanto en sus virtudes, es apenas natural que la ciudadanía espere resultados a la altura de semejante discurso.
Pero gobernar una ciudad no consiste solamente en administrar recursos, contratar obras o presentar informes de gestión. Gobernar también significa transformar la vida cotidiana de la gente, resolver problemas básicos, construir una ciudad agradable para vivir y, por supuesto, demostrar que las promesas de campaña no eran simplemente una estrategia electoral.
En mi última visita a Valledupar, que se extendió por aproximadamente quince días, volví a experimentar una sensación que me cuesta ignorar: la de una ciudad detenida en el tiempo. Una ciudad dormida, pausada y, por momentos, deprimente para quienes estamos acostumbrados al ritmo frenético de Bogotá, a la actividad política nacional y a la dinámica de una capital que, con todos sus defectos, rara vez parece quedarse quieta.











