Hubo un tiempo en el que ver jugar a Brasil era sinónimo de alegría, imaginación y talento. El mundo esperaba cada partido de la selección pentacampeona para disfrutar del famoso “jogo bonito”, ese fútbol que enamoró generaciones y convirtió a Brasil en una potencia mundial. En los últimos quince años, ese papel de líder, de figura y de responsable de mantener viva esa esencia tuvo un nombre propio: Neymar.
Hablar de Neymar en la selección brasileña es hablar de un futbolista que cargó sobre sus hombros el enorme peso de representar a una de las camisetas más exigentes del planeta. Desde muy joven asumió el reto de convertirse en el heredero de figuras inmortales como Pelé, Ronaldo, Romário, Rivaldo, Ronaldinho y Kaká. La comparación nunca fue sencilla, pero con el paso de los años construyó su propia historia.
Más allá de las críticas que muchas veces recibió por su personalidad, sus lesiones o algunas decisiones fuera del terreno de juego, los números hablan por sí solos. Neymar se convirtió en el máximo goleador histórico de la selección brasileña, superando registros que durante décadas parecían inalcanzables. Cada gol, cada asistencia y cada jugada desequilibrante confirmaban que Brasil seguía teniendo un futbolista capaz de cambiar un partido con una sola acción.






