Ante todo, quiero darle gracias a Dios, a quien le debo la vida y todos mis triunfos; a Ninfa Piñerez Mestre, que me favoreció como su hijo adoptivo cuando apenas contaba con ocho años de edad, cuando fui a estudiar en Pueblo Bello en el colegio Liceo Cervantes, dirigido por el insigne profesor Dagoberto Fuentes Zuleta; a Ana Arzuaga de Mestre, que me parió y, con su conducta intachable al igual que Ninfa Piñerez, me enseñaron buenas costumbres; y, desde luego, a mi padre, Osvaldo Mestre Medina, que me dio todos los recursos económicos y siempre confió en mí apoyándome en todos mis emprendimientos.
Digo todo esto porque soy un hombre agradecido; como todo ser humano también he cometido mis errores. Asimismo, quiero pedir perdón a todas esas personas que sin querer les hice daño con mis actos, como también perdono a todas las que indeliberadamente o preterintencionalmente trataron sin éxito alguno de perjudicarme.
Hoy, que estoy retirado de la actividad laboral donde me desplegué por muchos años, soy feliz. El Ser Supremo me premió con un talento con el que puedo manifestar fácilmente mis estados emocionales y también contarles a mis lectores, a través de la escritura, todo lo que mi mente guarda del pasado y todo aquello que con una pequeña información puede producir mi fantasía creativa.






