El mundo está loco, eso lo sabemos hace muchos años, pero cada locura es diferente a la anterior y tal vez peor. Hoy encontramos las locuras del mismo hombre con toda su carga de civilización y desprecio de su propia especie, como volver a las cavernas pero ya conscientes de su impropio destino. Esopo, aquel fabulista de la antigua Grecia, de vida incierta pero de perdurables historias, reaparece cada siglo de manera distinta, como para decirnos que somos animales arrepentidos de tener razón, incluso de pensar un poquito el aporte de Descartes. ¡Estamos descartados como Homo sapiens!
Dicen que las cosas comenzaron con el vallenato desde el siglo pasado cuando “El tigre de las Marías” hizo esguinces por la provincia; al tiempo, “El gavilán de Villanueva” no dejaba pollitas quietas en tierras guajiras. Luego llegaron los cantantes y compositores en la misma línea: Jorge Oñate era jilguero y al tiempo ruiseñor; Nando Marín era gavilán mayor; Diomedes Díaz, cóndor herido, y hasta “Turpial de Pondorito” tuvimos en versos elementales.
Una mujer era “La potra zaina” en las telenovelas y a la misma Ava Gardner en el cine llegaron a llamarla “el animal más bello del mundo” por su belleza incomparable en aquellos tiempos de la llamada era de oro de Hollywood.
Era poesía viva, amores imposibles e irreverentes; eran ilusiones en pantallas que entre los varones de entonces se apropiaron del término apodyopsis o algo parecido. Tiempos buenos, soñar despiertos con bellezas humanas que hoy no quieren ser mujeres, hembras, féminas, encantos. Esta semana la cosa llegó tan grande y grave que hasta una palabreja se inventó la ciencia o la academia: “los therian”, una vaina rara de seres raros que con rarísimos motivos se creen animales.
Algunas gatas bajo la lluvia como la canción de la Dúrcal, otras lobas cenizas como la del maestro Leandro Díaz. Todo cambió; imagínense que al perro de Pavajeau le decían el Mayor Blanco: de perro a militar. Los viejos vallenatos junto a Escalona estarán revolcándose en sus tumbas. Y ya escucho: “Arriba vaca vieja que te traigo un piano pa’ tocar, que te traigo un whisky pa’ beber…”.
Y las cosas llegan para quedarse. ¿Te imaginas esos reinados que al parecer comenzaron en la Argentina de Milei con leonas, perras, gatas, zorras y también zaínos y terneros? Porque la cosa no tiene que ver con géneros, es ser simplemente animal o creerse que lo son. ¿Te imaginas al inolvidable Pacheco en televisión presentando Animalandia de hoy? ¿La sola escena de un vallenato despertarse enguayabado de perro con perro y su esposa gorda amanezca creyéndose una hipopótama que además suda rojo? ¿Qué pasaría con aquellas conejitas de Playboy? ¿Qué tal alguna resentida suegra que quiera reencarnarse en la ovejita Dolly? Ni idea, pero se me ocurre una sencilla conversación:
—Hola, ¿soy un semental a toda prueba y tú?
—Soy una señorita zorra.
—¿Si nos apareamos qué tipo de hijos tendríamos?
—Ah, puedo darte zorrillas, pero igual si ellos quieren pueden sentirse serpientes o caimanes, bagres o simplemente camaleones si aman la política.
¡Esto se acabó!
Por Edgardo Mendoza







