La suerte de los pueblos que apenas están definiendo su entidad deriva en gran medida de saber encauzar las aristas de los primeros pasos a transitar. El cauce de los canales llamados a oxigenar su entorno resulta definitivo para determinar la identidad, que radica en el ADN de la primera juventud de las localidades.
Mi abuela Crisilda Niebles Palomino cumple el próximo 6 de mayo 106 años de vida, durante los cuales ha sido viva memoria del curso expansivo del asentamiento que nació al lado del cañito donde pastoreaban aves de corral y algunas pocas vacas de los Vanhestrales y Horacio Cárcamo, en aquellos tiempos cuando solo llegaban los indios barí motilones a rebuscarse en las dos docenas de patios y casas de bahareque que era Curumaní. Ya para entonces se conocía de nosotros en el universo anfibio, que conectaba Chiriguaná con Tamalameque y El Banco, por donde se llegaba a la seductora Cartagena, el sol de la época.
El siglo XX con sus agencias coloniales al interior de la nación, cambió la esencia del municipio que, erigido por mi abuelo Cristian Moreno Camacho, advierte ahora la entidad de un paraje de consumidores de la coca y el bazuco que las últimas dos décadas ha sembrado el ELN en las productivas laderas del Perijá. Nos cambiaron hasta el modo de caminar, pues ahora en cada familia tenemos algunos de los nuestros andando por las nubes, y siguen llegando más ante la indiferencia de las autoridades locales.










