OPINIÓN

La frasco bocón

En el pueblo soplaban las brisas del mes de febrero, que agitaban la vegetación, mientras numerosos niños corrían para llegar a las ocho en punto a la escuela. Era el primer día de clases y la muchachera iba estrenando uniformes, zapatos, así como libros, cuadernos y lápices. Se iniciaba un nuevo año lectivo.

Pedro Norberto Castro Araujo

Pedro Norberto Castro Araujo

canal de WhatsApp

Los Cuentos de Pedro

En el pueblo soplaban las brisas del mes de febrero, que agitaban la vegetación, mientras numerosos niños corrían para llegar a las ocho en punto a la escuela.
Era el primer día de clases y la muchachera iba estrenando uniformes, zapatos, así como libros, cuadernos y lápices. Se iniciaba un nuevo año lectivo. De la casa de Ana Engracia salió acicalado su hijo Manuel, uno de los nueve hijos que en total tuvo Francisco Antonio, producto del sincero amor y muchos años de convivencia.

A su vez, de la casa de Evarista, legítima esposa de Francisco Antonio, partió para la misma escuela su hijo Miguel y quiso la suerte que con su medio hermano compartieran el mismo salón de clases que dirigía el profesor Juancho Peralta Daza, persona que, con Nicomedes Daza, dirigía el pequeño colegio del pueblo.

Todo marchaba en completa tranquilidad, aun cuando se notaba el malestar de Miguel, quien miraba a su medio hermano Manuel bien vestido, bien aseado, peinado, con zapatos nuevos, y consideraba que su papá le daba mucho a Ana Engracia; deseaba que lo tuviera en las mismas condiciones que él, pues tenía conciencia de que era legítimo. Por esto le daba inquina con su medio hermano, quien a la vez tenía más facilidad para aprenderse las clases y contestaba con menos timidez las lecciones.

La situación era normal, porque la mayoría de los alumnos eran medio hermanos entre sí, por la costumbre que había en el pueblo según la cual ninguna mujer aceptaba la soltería y mucho menos quedarse para vestir santos, como en otros pueblos de la provincia.
De todas maneras, ciertos alumnos, influenciados por sus madres celosas, llevaban la inquina hasta en el tratamiento de respeto que debían tenerse como hermanos.

Sin hablar de las prédicas que tenían lugar los domingos en la pequeña iglesia del pueblo: los sacerdotes, por un afán comercial, hablaban maravillas del matrimonio católico y de la grandeza de los hijos legítimos, dando a entender que los hijos naturales eran inferiores y no valían nada, pero, como afirmaba Francisco Antonio, habían sido hechos con la misma, aunque las mamás fueran diferentes, creando así una rivalidad injusta que se sigue prolongando en los pueblos.

De todas maneras, el profesor Juancho Peralta Daza, que era rígido y le gustaba aplicar la regla y la correa, forzaba a los muchachos a estudiar, a buscar la unidad familiar, al orden y al cumplimiento del deber. Pero en los recreos no faltaban los jóvenes que encontraban la manera para que los menores pelearan, más aún cuando existían diferencias de nacimiento, como en el caso de Manuel, que no podía llegar tan bien vestido como su medio hermano Miguel.

A Ana Engracia, con su máquina de coser y la elaboración de comidas, no le alcanzaba para sostener en la abundancia a sus ocho hijos, pero hacía el esfuerzo por tenerlos bien, con la ropa limpia y bien planchada, bien alimentados, cultos y respetuosos.
Los estudiantes, a sabiendas de la inquina que le tenía Miguel a su medio hermano, comenzaron a instigarlo explotándole su mal humor, y terminó cuando uno de los estudiantes mayores marcó una raya en el suelo y dijo: “El que pise la raya demuestra que no es cobarde”. Ante esta circunstancia, ambos la pisaron y acabaron enfrentados a trompadas ante la bulla de la mayoría.

Los contrincantes eran de la misma edad y, después de un rato de patadas y trompadas, Manuel logró ponerle un ojo colombino a su hermano Miguel, con la burla de sus compañeros que decían:
¡Perdió, con un ojo colombino… perdió, con un ojo colombino!

Ante esta situación, sintiéndose herido y humillado, le gritó ofendido:
Me ganaste, mal hermano; peor le fue a tu mamá con mi papá.

En esos momentos Francisco Antonio, que tenía más de dos años de andar deambulando por la zona bananera, ya había anunciado su regreso por telégrafo.

Entonces Manuel le preguntó:
—¿Por qué le fue peor a mi mamá con mi papá?
A lo que Miguel contestó:
Con esta gran ofensa ocasionó el llanto repentino de Manuel, quien partió para su casa, requebrando calle a calle, hasta llegar donde su mamá Ana Engracia, quien al verlo le prestó poca atención, pero en vista de que no se calmaba y seguía llorando, al fin le preguntó, parando momentáneamente su máquina de coser:
Decíme, Manuel, qué es la pendejá de esa lloradera. ¿Qué tenei, tenei dolor de muela? —Pero en vista de que el muchacho continuaba con su llanto, le insistió—: ¿Te vai a callá o qué es lo que te pasa?
Y así le respondió en medio del llanto:
Es que pelié en el colegio con el desgraciao de mi hermano Miguel, a quien le puse un ojo colombino, y cuando le gané, me ofendió diciéndome que mi papá te había dejado porque lo tenías chiquito.

Ante esta circunstancia, Ana Engracia le dijo:
Por eso llorai, muchacho pendejo, ve… si tu papá a mí me decía La Frasco Bocón. Vai a ve que cuando regrese, en estos días, llega es donde mí y no allá donde Evarista; él y yo sabemos por qué lo hace.

Por: Pedro Norberto Castro Araújo

TE PUEDE INTERESAR