En el corazón de Valledupar, donde el acordeón es el pulso de la vida y la caja y la guacharaca el latido constante, existe un nombre que resuena con una fuerza inigualable, capaz de silenciar el murmullo cotidiano y concentrar todas las miradas en un solo punto: el cuál es el escenario. Para nadie es un secreto y no es una exageración decir que, cuando el hijo de Urumita anuncia algún álbum, la ciudad entera se paraliza. Las calles, usualmente bulliciosas, adquieren una quietud expectante, y el tiempo parece ralentizarse, como si la propia Valledupar contuviera el aliento a la espera de sus primeras notas al escuchar las mágicas melodías del cantante.
Su voz es esa que se eleva por encima de los instrumentos para contar historias de amor, desamores, alegría y melancolía, es el verdadero epicentro de este folclor vallenato. Desde el instante en que pisa la capital (la linda Valledupar), la alegría que exparse es contagiosa, un magnetismo puro que irrumpe cualquier otro evento en esta ciudad. Las conversaciones se detienen, los negocios bajan sus persianas antes de lo habitual y multitudes de personas vestidas con la mancha roja se apresuran a encontrar el mejor lugar para ser parte de esta mágica aventura.
No es solo un concierto; es una unión pluridimensional, es una celebración que identifica a cada seguidor con estas lindas notas del vallenato encarnada en la figura del gran artista. Cada verso es coreado por miles y miles de gargantas al unísono, cada melodía es un eco de la tradición que se renueva y vibra en el alma de su gente. Ese es el gran Silvestre Dangond que no solo canta; conecta, emociona sino que transporta a un lugar donde la música es el vino que llena la copa del silencio.











