Todavía están frescos los episodios violentos acaecidos en la población de La Loma, El Paso, Cesar. Por varios días se sucedieron hechos violentos, inclusive cruentos al registrarse civiles y policías heridos, daños en propiedad ajena, bloqueos de las entradas del pueblo, y lógico, alteración constante y creciente de la población, que reclamaba unas mínimas reivindicaciones sobre todo de reconocimiento laboral.
La retrospectiva nos muestra episodios similares a lo largo y ancho del departamento, inclusive del país; una relativamente reciente nos ubica en otra población cesarense, La Jagua de Ibirico, igualmente asentamiento de empresas explotadoras del carbón, de la cual calcaron el formato: el pueblo, cansado de su irredención, se amotina y levanta su voz protestante por encima de los decibeles permitidos, generándose el caos.
Aunque frescos, el tiempo transcurrido es suficiente para decantar los hechos y permitirnos unas cuantas reflexiones. Daría grima reconocer, como primera reflexión, que al menos en Colombia sean necesarias protestas violentas, subversoras del orden establecido, para que los mandamases atiendan las quejas reiteradas de su comunidad.
