Mucho se ha hablado en las últimas semanas, en distintos foros económicos, del cambio de perfil de la economía colombiana, ahora con una mayor ponderación del sector minero en su Producto Interno Bruto (P.I.B). Se proyecta un aumento sustancial en la producción de petróleo, carbón y otros minerales, inclusive algunos hablan de una “bonanza” en materia minera, en los próximos años.
Este cambio tiene muchas implicaciones en la administración de la economía nacional, principalmente en los aspectos fiscales y cambiarios, pero también en la economía regional, por el tema de las mal llamadas regalías.
Las cifras de regalías no son nada despreciables en la actualidad, se habla de cuatro billones de pesos el año pasado y se espera que puedan triplicarse en el futuro. Es decir, se estaría hablando de unos 12 billones de pesos, que corresponden – aproximadamente- a 3 puntos del PIB.
El tema tiene tanto de ancho como de largo; en algunos textos de la literatura económica, inclusive se habla de la maldición de los recursos nacionales. Pero, existen dos puntos centrales en el debate: la alta concentración de los fondos en pocos territorios del país y el mal uso de los recursos de regalías que han hecho alguno de los territorios beneficiarios.
Sobre el primero, hoy se escuchan voces diciendo que los minerales pertenecen a todos los colombianos y que, por lo tanto, las regalías no deberían ser distribuidas solamente en las regiones productoras. Con el argumento de una mejor redistribución de los beneficios, existen algunos que han propuesto, por ejemplo, que los fondos de regalías hagan parte de una sola bolsa y se distribuyan con los criterios del Sistema General de Participaciones, el esquema de transferencias que actualmente reparte recursos del gobierno central a los municipios y departamentos, donde llegarían a todos los territorios.
Entonces, hoy cuando las regalías van a alcanzar una suma importante, sale más de uno a reclamar su propiedad. Pero nos preguntamos: ¿Quiénes son los que sufren los daños y perjuicios involucrados con la explotación minera? Son acaso Bogotá, Medellín o Cali?.
Esta misma semana, el Presidente Uribe anunció, al lado del director del DNP, de presentar un proyecto de ley para ahorrar obligatoriamente esas regalías. “Habrá ahorro sin despojos. Es lo que nosotros queremos proponerle a todos los departamentos, a todos los municipios, al nuevo gobierno y al nuevo Congreso. Un ahorro seguro para proteger a las próximas generaciones”, explicó.
Indiscutiblemente la idea es lógica, buena y necesaria, dadas las dimensiones de los recursos y la poca capacidad de ejecución local y – además- para lograr tener algunos fondos cuando los recursos no renovables se agoten. Sin embargo, también es necesario que queden claras las reglas de juego de esos ahorros. ¿Quién nos asegura que el Gobierno Central no aprovechará esos fondos para solucionar sus problemas de liquidez; para cubrir los niveles de déficit fiscal?.
En ese orden de ideas, los ahorros de las regalías seguramente terminarán invertidos en los títulos que emite el gobierno nacional, los cuales tradicionalmente ofrecen un rendimiento menor que otras opciones del mercado financiero. Este tipo de operaciones significaría una pérdida importante para los ahorros de las regiones productoras y menores recursos para las generaciones futuras.
El otro punto de la discusión es el mal uso de las regalías por parte de los territorios beneficiarios. Esto ha llevado a que se plante, como se hizo en la actual edición de la revista Semana, el manejo centralizado de las mismas. Detrás de este argumento está el supuesto, discutible por ciento, que el Gobierno Central ejecuta mejor que los gobiernos locales.
Se pueden encontrar algunos casos de malos manejos serios en los presupuestos que ejecuta el Gobierno Central. Para dar un ejemplo: los resultados mediocres alcanzados en los últimos años en las inversiones en infraestructura por parte del Ministerio de Transporte, los cuales nos han llevado, a pesar de los millonarios presupuestos, a un atraso significativo en esta área. ¿Quién nos puede garantizar que desde el Gobierno Central habrá una mejor administración de nuestras regalías? Nos llevaría, entonces, su centralización a mendigar nuestros propios recursos en la burocracia central en Bogotá.
Ahora bien, un punto de fondo que debemos reconocer es que, sin lugar a dudas, el manejo de los recursos por parte de las regiones beneficiarias no ha sido el mejor. Eso lleva a la necesidad de establecer programas orientados a mejorar la calidad del gasto en municipios y departamentos.
Parte de los recursos de las regalías deberían orientarse, por ejemplo, a apoyar la implementación de presupuestos por resultados en todos los municipios y departamentos del país. Además, es necesario fortalecer la capacidad local en la planeación, diseño y ejecución de proyectos, así como consolidar una hacienda pública fuerte que permita apoyar estrategias de desarrollo de largo plazo.
Otro punto clave es robustecer la gestión de los organismos de control de los territorios. Estas son soluciones de fondo a los problemas del mal manejo de recursos a nivel local, que ayudarían a lograr las metas en materia de bienestar de los ciudadanos. Se puede centralizar el uso de los recursos o pasar el control de los mismos, como funciona en la actualidad, a un agente del gobierno central, pero eso no necesariamente asegurará que los cesarenses logremos mejorar nuestro nivel de vida.
Creemos que es urgente que los nuevos congresistas del departamento del Cesar, como también los gobernadores costeños y los alcaldes del Cesar, presten mayor atención a estos novedosos planteamientos, porque nos podemos quedar en unos años con un gran hueco, grandes daños ecológicos y sin los recursos que compensen esa situación. Hay que abrir los ojos con el futuro de las regalías…
Mucho ojo con el futuro de las regalías…
Mucho se ha hablado en las últimas semanas, en distintos foros económicos, del cambio de perfil de la economía colombiana, ahora con una mayor ponderación del sector minero en su Producto Interno Bruto (P.I.B). Se proyecta un aumento sustancial en la producción de petróleo, carbón y otros minerales, inclusive algunos hablan de una “bonanza” en […]
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