La guerra es dolorosa, injusta y repugnante, quizá por eso Gustavo Petro, Federico Gutiérrez, Sergio Fajardo, Rodolfo Hernández e Ingrid Betancur, candidatos a la presidencia de la República, tienen en común que le dieron el sí a los acuerdos de paz. Pero el conflicto armado en Colombia ha sido interno, prolongado en décadas, de baja intensidad, de ejércitos asimétricos, de guerrilla y fundamentalmente rural. Se ensañó con civiles en el medio, y pasó relativamente indiferente en las medianas y grandes ciudades. Ha sido duro, especialmente para campesinos y combatientes estatales y no estatales, generalmente rurales y pobres.
En Europa la guerra ha tocado las ciudades y de qué forma como lo registra en su edición de fin de semana el enviado especial del diario El País en Irpin, poblacion de 60 mil habitantes recuperados por los ucranianos, cerca de Kiev, capital del martirizado país.
“Tras los militares, el primer comité de bienvenida lo integran gatos y perros callejeros. Unos se encaraman por entre los muros de las casas, rozando con la cola la carbonilla que envuelve muchos de los edificios. Los otros se acercan al primer humano al que ven en busca de calor y compañía. Los ladridos se escuchan de manera constante, como el crujir de los cristales bajo las botas al caminar por la calle. Sobre el asfalto brillan también los casquillos. Los cables de la luz arrastran a ras de suelo.





