Se conocieron esta semana los indicadores de las pruebas Pisa, practicadas a 700.000 estudiantes en el país y que busca medir la calidad del aprendizaje que estamos ofreciendo a nuestros niños y jóvenes. Los resultados fueron francamente deplorables. Caímos en todos los indicadores: 71 % por debajo del nivel considerado como mínimo básico en matemáticas y 51 % en ciencias y lectura. Ni Bogotá se salvó de esta debacle.
Contrasta con estos resultados el esfuerzo que año tras año venimos haciendo en cuanto a los recursos destinados al sector, que fueron para 2023 de 57 billones de pesos y que para 2024 se incrementarán a más de 70 billones, por muy lejos el de mayor cuantía, 10 billones más que el de salud, 55 billones más que el de transporte y 61 billones más que el destinado a la justicia. En Colombia está más que demostrado que un aumento de los recursos destinados a la educación no es suficiente y, yo diría, ni siquiera requisito para obtener mejoras significativas en la calidad y pertinencia de la educación.
Porque esta obedece primordialmente a la excelencia de los docentes, lo cual en este país dejó de ser un objetivo por alcanzar, toda vez que hace décadas Fecode se apropió del sector. Sus principales banderas han sido incrementar los ingresos de los maestros e impedir que cualquier sistema serio y exigente de evaluación se aplique en el país. La evaluación existente es una pantomima que no tiene ninguna consecuencia en la práctica para los evaluados. Forzoso es concluir que este sindicato de privilegiados llamado Fecode es el verdadero responsable de la mediocridad de nuestro sistema educativo.




